Uno de los datos más interesantes de las encuestas nacionales sobre inseguridad que ha llevado a cabo el ICESI extrañamente no ha recibido atención de parte de académicos y columnistas: las mujeres no tienen participación alguna en nueve de cada diez delitos. Así ocurre en todo el mundo. O sea que, por decirlo con la añeja fórmula machista, la delincuencia es —en cuanto a los delincuentes, no en cuanto a las víctimas— cosa de hombres.
Se equivocó Cesare Lombroso, padre de la Criminología, quien a finales del siglo XIX alertaba: “Educar y remover a las mujeres de sus características de domesticidad y maternidad que las mantienen como inocuas semicriminales podría resultar un hecho desastroso para la humanidad”. No faltaron las feministas que asimismo pronosticaron que la liberación de las mujeres tendría como una de sus consecuencias la igualación criminal de los sexos. El razonamiento es curioso: si las mujeres no son inferiores a los hombres, sus tendencias criminales no tienen porqué ser menores.
No ha sido así. La revolución más profunda del siglo XX fue la de las mujeres. Salvo en los regímenes islámicos, muchas mujeres se prepararon y/o desempeñaron trabajos antes reservados en exclusiva a los hombres, y, sin embargo, el porcentaje de mujeres delincuentes siguió siendo bajísimo.
En las cárceles también se observa un comportamiento femenino diverso al varonil. En efecto, en los reclusorios masculinos la violencia es un fenómeno omnipresente que se traduce en una tasa de homicidios diez veces mayor a la que se registra en el mundo exterior. No ocurre lo mismo en las prisiones femeniles, donde las agresiones, si las hay, son verbales, y en los pocos casos en que llegan a ser físicas no involucran armas ni producen muertes./p>
La delincuencia femenina es exigua. ¿Razones culturales, genéticas, psicológicas, fisiológicas, educativas, sensoriales, neurológicas? Todas deben influir seguramente, pero el hecho resultante no deja de ser un enigma.
Es claro que las mujeres y los hombres somos distintos. La igualdad a que debemos aspirar es la igualdad de derechos, oportunidades y miramientos que exige la dignidad humana. Las diferencias — que hacen al mundo más rico y divertido— no necesariamente suponen superioridad de un sexo sobre otro, aunque en ámbitos específicos sí la hay. En el asunto de la criminalidad, crucial para la convivencia civilizada, el sexo femenino ha sido mucho mejor que el masculino. Que así sea siempre: que las mujeres, en vez de afanes dañinos contra el prójimo, sigan teniendo, como dice el verso de José Carlos Becerra,
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Artículo publicado en el periódico La razón de México 9 de Octubre de 2009.