¿Delincuencia arrinconada?
No, la delincuencia organizada no está arrinconada. Cuando eso ocurra los gobiernos federal y locales habrán ganado la guerra emprendida. Y ese triunfo lo agradeceremos y lo admiraremos todos y a todos nos beneficiará enormemente.
Porque ganar la guerra —como se ha llamado equívocamente al combate frontal a esa forma de criminalidad— consiste en eso: en que los delincuentes dejen de disfrutar de patentes de corso otorgadas por autoridades, de tal modo que ya no tengan facilidades para hacer de las suyas a la luz del día y con descaro; que la gran mayoría de los delitos —sobre todo los graves— se castiguen, para lo cual se requiere una revolución sin precedentes en los cuerpos policiacos y el Ministerio Público que los haga eficaces y confiables; que se rompa el contubernio entre los criminales y las policías, de tal forma que el involucramiento de algún policía en un delito sea excepcional y no cotidiano como ahora; que los secuestros y las extorsiones sean esporádicos y no el pan amargo de cada día; que ya no se pueda delinquir con toda tranquilidad desde las cárceles; que el lavado de dinero se combata con éxito y se corten los flujos de dinero sucio; que los jóvenes, con horizontes laborales atractivos que hoy no tienen, dejen de incorporarse en alta cantidad a las filas de la criminalidad como sicarios; que podamos volver a gozar nuestras ciudades sin zozobra.
Ganar la guerra no es acabar con la delincuencia, lo que jamás se ha logrado en sociedad alguna; pero la delincuencia puede ser abatida, reducida a incidencia mínima, ser un prietito en el arroz y no el plato de arroz rebosante.
Es verdad: no estamos tan mal como El Salvador, Guatemala, Honduras o Venezuela en tasa de homicidios dolosos a pesar de las ejecuciones, pero éstas amenazan con seguir elevando las cifras. Y, además, los secuestros y las extorsiones se han disparado. Nuestra aspiración no puede ser la de conformarnos con estar mejor que los países citados sino la de acercarnos a lo que han logrado la Unión Europea, Australia, Canadá, Estados Unidos o Chile, por citar unos cuantos ejemplos.
Desde luego, la inseguridad crítica no afecta a todo México. Hay entidades —Yucatán en primer lugar— donde la situación es bastante aceptable. Pero en otras la criminalidad está desatada. Cuando allí se le arrincone podremos cantar victoria. Ese momento no parece estar a la vuelta de la esquina. Pero podemos ir avanzando si se dan los pasos acertados por parte de los gobiernos y los congresos del país.
(Se juzgará ilusorio, pero quiero terminar esta nota expresando mi deseo —no por inútil menos vehemente— de que Diego Fernández de Cevallos y todos los que están secuestrados sean rescatados sanos y salvos. Soñar ayuda a soportar una realidad fatídica).
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Artículo publicado en el periódico La razón de México 21 de Mayo de 2010.