Lo que importa a los habitantes no es a cargo de quién quede esa batalla, sino que ésta logre revertir la espiral de violencia que en los últimos cuatro años ha crecido vertiginosamente.
ÁREAS FALLIDAS
“Hay partes de México —dice Condoleezza Rice, exSecretaria de Estado estadounidense, en su libro de memorias No hay honor más alto— que están comenzando a parecer un Estado fallido”.
Apenas hace dos días el alcalde de La Piedad, Ricardo Guzmán, fue asesinado a tiros en pleno centro de esa ciudad. Se le disparó desde una camioneta mientras repartía propaganda de los candidatos de su partido, el PAN, a cargos que se decidirán en las elecciones que habrán de celebrarse en Michoacán dentro de nueve días. A pesar de que el lugar donde ocurrió el atentado es muy transitado, los agresores escaparon sin problema.
Este crimen es una de las innumerables muestras de la situación que se vive en muchas zonas del país: a) pérdida del control territorial por parte de las autoridades; b) debilidad extrema de las instituciones de seguridad pública y de procuración de justicia, y c) prepotencia de los criminales que desafían abiertamente al Estado.
Se discute en los círculos académicos, periodísticos y políticos si se debe sustraer al Ejército y a la Marina de la lucha contra la delincuencia organizada. Creo que lo que importa a los habitantes no es a cargo de quién quede esa batalla, sino que ésta logre revertir la espiral de violencia que en los últimos cuatro años ha crecido vertiginosamente.
El Presidente Felipe Calderón eligió el combate a la criminalidad como el punto central de su programa de gobierno, y sin duda fue una selección acertada: nada lastima ni atemoriza ni indigna tanto a la población como ese problema. A un año de que termine su gestión, los resultados no podrían ser más deplorables.
Quiero dejar muy claro que no suscribiría nunca la denuncia que pretende presentarse contra el Presidente ante la Corte Penal Internacional. Los culpables de los delitos son los que los cometen, los que los ordenan y los que prestan auxilio para su realización. Me parece mezquino culpar al Presidente de crímenes que él no ha ordenado.
Lo que digo es muy distinto: la estrategia del Presidente ha fracasado pues no sólo no logró reducir las tasas de los delitos más perniciosos, sino que éstos han aumentado año con año durante su administración.
Lo que menos interesa a los mexicanos —salvo a los poquísimos con espíritu de Robespierre— es buscar un chivo expiatorio en quien descargar la culpa de lo que está ocurriendo. Lo verdaderamente importante es encontrar las vías para escapar de esta pesadilla.
El próximo Presidente tendrá que replantearse la estrategia sin caer en la tentación de echar a la basura las cosas que hay que preservar y fortalecer, como los indudables avances en la Policía Federal o el impresionante aparato tecnológico con que cuenta la Secretaría de Seguridad Pública del gobierno federal para tareas de inteligencia.
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Artículo publicado en el periódico La razón de México 4 de noviembre de 2011.