"Ninguna elocuencia alcanza para explicar la estupefacción, el horror y la rabia que me ha provocado ese episodio lÃmite de crueldad absurda."
DOS MUCHACHAS VEINTEAÑERAS
Ninguna elocuencia alcanza para explicar la estupefacción, el horror y la rabia que me ha provocado ese episodio límite de crueldad absurda.
Dos muchachas de poco más de 20 años son detenidas por policías municipales de Allende, Nuevo León, supuestamente por escandalizar en la vía pública en estado de ebriedad, lo cual por supuesto no es delito sino, si acaso, falta administrativa leve, que suele castigarse con una amonestación, una multa o cuando mucho un breve arresto. Llevadas a la comandancia del palacio municipal, se les encierra en una celda. Al examinárseles se comprueba que ninguna de ellas había bebido una gota de alcohol. Avisado de la detención, un hombre que se identifica como el subteniente Martínez, quien había estado comisionado al municipio —y de quien se rumora que era amigo, pretendiente o novio de una de las jóvenes—, telefonea para interceder por las detenidas. Se decide dejarlas en libertad, pero en lugar de simplemente abrirles la reja y permitirles salir, se les traslada en una patrulla exactamente al sitio donde se les detuvo. Allí las esperan ya pistoleros, quienes se las llevan consigo. Los cuerpos de las dos veinteañeras aparecen despedazados. Sobre sus restos se encuentra una cartulina que dice: “Esto les pasa por charoleras, ahí te van subteniente Martínez”.
Repito: no hay palabras que expresen el pasmo, el espanto y la indignación ante el suceso. No había motivo para detener a las chicas. No lo había para regresarlas al sitio en el que supuestamente fueron subidas a la patrulla. Y, sobre todo, no lo había para la represalia atroz.
El doble crimen, su saña increíble, pone de manifiesto, una vez más, la tragedia que vive México. No sólo es el incremento de los delitos más graves a que me referí la semana pasada sino la forma en que éstos se cometen. El hecho que aquí relato es uno de los más atroces de que se tenga noticia, pero muchos, muchísimos otros son también inauditos en su ferocidad incomprensible. Son ya tan frecuentes que nadie podría señalar una semana en que los diarios y los noticiarios no nos informen de varios asesinatos perpetrados con extremo salvajismo.
En Una historia de la violencia, Robert Muchembled explica que la brutalidad y el homicidio iniciaron un descenso constante a partir del siglo XIII, lo cual parece abonar la teoría de la civilización de las buenas costumbres, de la domesticación e incluso la sublimación progresiva de la violencia. En los países más avanzados cada vez es más esporádico el crimen que en la mitología bíblica inicia Caín asesinando a Abel.
La comprensión de la magnitud del infortunio que en materia de inseguridad padece nuestro país, que va en los últimos años a contracorriente de esa tendencia civilizada, no requiere de la lectura de libros como el aludido. Todos entendemos la gravedad del retroceso. Nos duele, nos irrita y nos produce zozobra como ninguno otro de nuestros males.
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Artículo publicado en el periódico La razón de México 12 de Agosto de 2011.