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EL DISPARO DE LOS HOMICIDIOS

Luis de la Barreda Solórzano


En su magnífico ensayo “La muerte tiene permiso” —título homónimo al de un relato memorable de Edmundo Valadés— (Nexos, enero de 2011), Fernando Escalante Gonzalbo, basándose en las actas de defunción capturadas por el INEGI, observa que el camino que nuestro país había recorrido venturosamente en 15 años a partir de 1992 —período en que la tasa de homicidios dolosos disminuyó en un 50%— se ha desandado en apenas dos años, 2008 y 2009. El examen región por región le permite hacer una afirmación escalofriante pero comprobada con las cifras: los homicidios se dispararon precisamente en los lugares donde hubo grandes operativos militares o policiacos.

El investigador de El Colegio de México cuestiona la explicación oficial, aceptada por los medios de comunicación, según la cual esa violencia se debe a las reyertas entre las organizaciones de contrabandistas de droga, que se matan entre sí en el intento por controlar las rutas de tránsito hacia los Estados Unidos o el mercado nacional. Esa lucha ocasiona muchas muertes pero no explica por completo el vertiginoso aumento de la tasa nacional. La cuenta de asesinatos del crimen organizado sumaba para 2009 alrededor de 22,000 casos mientras que la de las actas de defunción entre 2007 y 2009 supera los 43,000. Esa guerra ha existido siempre: no es una novedad, como sí lo es el disparo vertiginoso de los homicidios. La geografía del narco no parece ser la de la violencia. Mercados muy atractivos, como Puebla y el Distrito Federal, y puertos de entrada muy factibles, como Progreso en Yucatán —entidad con una tasa muy baja de homicidios—, no registran un aumento inusitado de asesinatos.

El autor plantea hipótesis. La intervención de las fuerzas federales responde a la crisis de las policías municipales y paradójicamente es factor para acentuar esa crisis pues en varias ciudades esas policías se han desmantelado. La policía municipal organiza los mercados informales e ilegales y mantiene comunicación con las pandillas. Donde falta esa fuerza local, la incertidumbre genera violencia. En el empeño de imponer la ley se han roto los acuerdos del orden local y cada quien defiende lo suyo de mala manera: se ha roto el viejo sistema de intermediación política.

Escalante ha hecho una aportación muy importante al análisis del fenómeno criminal que, atónitos, estamos presenciando. Quizá puedan agregarse a los que expone otros factores. Apunto uno: la impunidad, mal endémico entre nosotros, se ha disparado en la misma medida que la violencia y es más notoria que nunca pues jamás había sido tan claro como ahora que muy pocos presuntos homicidas son puestos a disposición de un juez, y eso es un incentivo para los potenciales delincuentes, que al saber que es improbable que sean castigados se ven tentados con mayor fuerza a delinquir. Siempre ha habido homicidios motivados por celos, odio, ataques de ira, codicia desordenada o venganza. Tal vez ha aumentado el número de individuos que los cometen porque casi están seguros que su crimen quedará impune, y que incluso si lo perpetran de cierto modo se interpretará como una más de las denominadas ejecuciones entre miembros de las bandas de delincuentes.

 

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