EL JUICIO QUE VIENE
En respuesta a la pregunta de un reportero sobre el inquietante deterioro de la seguridad pública, el entonces Presidente Vicente Fox dijo que la responsabilidad era del Congreso de la Unión por tener en el congelador la iniciativa de reforma constitucional en materia de justicia penal que establecería el juicio oral. Fue una típica respuesta demagógica.
El juicio oral, que entusiasma a muchos académicos y se encuentra en proceso de instauración en todo el país, en nada podría favorecer la seguridad pública. El juicio oral puede lograr, si funciona como esperan sus partidarios más optimistas, más agilidad, menos desperdicio de papel, más trasparencia y publicidad, lo que no es poca cosa. Pero al juicio oral llegarán como acusados aquellos cuya presunta responsabilidad en un delito haya demostrado el Ministerio Público y la policía haya atrapado, y nuestros órganos de la acusación y nuestros cuerpos policiales son un desastre. En consecuencia, la reforma que urge (más que reforma habrá de ser una revolución) es la transformación radical de los ministerios públicos y las policías del país. Sólo cuando contemos con órganos de la acusación y policías profesionales (eficaces, ágiles y honestos) se podrá empezar a abatir la impunidad. La profesionalización de esas instituciones requiere una capacitación profunda y exhaustiva; recursos humanos, materiales y tecnológicos suficientes, y la auténtica y efectiva supervisión institucional y ciudadana. Esa imprescindible metamorfosis no se está llevando a cabo.
En un célebre poema de Peter Weiss, los que asaltan las bastillas creen que la Revolución va a darles todo: zapatos cómodos, platillos exquisitos, poemas inspirados, una mujer nueva, un marido nuevo, y luego se encuentran con que todo es como era: calzado que lastima, sopa deplorable, versos chapuceros, el cónyuge en la cama maloliente y gastado. La demanda de juicio oral parte del reclamo de darle al enjuiciamiento penal una forma simbólicamente más digna y aceptable, que supere los rasgos inquisitivos, la tortuosidad, la truculencia, la burocratización, la despersonalización, el formalismo excesivo, la lentitud exasperante, la carencia de soluciones alternativas, las montañas obscenas de papel, los expedientes cosidos con aguja e hilo y, en muchos casos, la indefensión del acusado que caracterizan el antiguo (pero vigente en la mayoría de las entidades) proceso penal; pero el juicio oral no es la Tierra Prometida en la que habrán de cristalizar todos los anhelos de una justicia penal digna de ese nombre. No esperemos del juicio oral lo que no puede ofrecer. Quizá sea más adecuado que el vetusto. Lo será si es más expedito y transparente y garantiza los intereses legítimos de la víctima y los derechos del acusado. Pero no nos engañemos: una cancha en mejores condiciones no produce jugadores excelentes.
La justicia penal deseable requiere de órganos de la acusación, policías, peritos, defensores y jueces altamente profesionales, aptos, conocedores de su materia, con sólida vocación, honestos y entusiastamente comprometidos con sus respectivas tareas.
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Artículo publicado en el periódico La razón de México 10 de Junio de 2011.