EL VIDEO INSOBORNABLE
El violador es uno de los delincuentes que más repugnancia y desprecio me provocan. Al cometer el delito no sólo no se compadece del sufrimiento de la víctima sino que parece solazarse en su dolor lesionando una de las libertades más sagradas: la libertad de amar.
No es fácil probar una violación pues ésta suele perpetrarse sin testigos, además de que la violencia moral —la coacción— con que puede llevarse a cabo no deja ninguna huella visible y ni siquiera la violencia física —el otro medio de comisión— deja siempre vestigios.
En centurias pasadas prestigiados autores recomendaron que si faltaba la prueba directa el juez debía valerse de las conjeturas, y entre las que confirman la violencia señalaban la presencia de lesiones, las vestimentas desgarradas y los cabellos desordenados. Como es obvio, se referían sólo a la violencia física. Pero en muchas ocasiones una persona es violada mediante tal clase de fuerza sin que se le ocasionen lesiones, se le desgarre la ropa o se revuelva su cabellera (sobre todo si usa el cabello corto). Por ejemplo, la víctima puede ser inmovilizada y justamente en eso, y no en golpes ni apretones ni jaloneos bruscos, radica la violencia física. Además, la violación no siempre se denuncia inmediatamente después de haber sucedido, y el tiempo transcurrido borra, cuando los hay, los signos.
En contraste, algunas feministas consideran que siempre que una mujer se dice violada está diciendo la verdad, pues ninguna haría una falsa acusación sobre un hecho tan ofensivo y cuya rememoración le resulta tan insoportable. Pero una revisión de algunos juicios bastaría para saber que no son pocas las mujeres que han enderezado acusaciones que han sido irrefutablemente desmentidas.
Si bien el estado de la blusa o de la falda y el cuerpo lesionado o ileso de la víctima no son señales que irrebatiblemente revelen lo sucedido, otros indicios sí ayudan a averiguar lo que realmente pasó.
Precisamente porque la violación constituye un agravio tan mayúsculo, parece impensable que tras el delito el agraviado tenga muestras inequívocas de afecto con el delincuente que le ha infligido esa humillación monstruosa.
Si está comprobado por la filmación de las cámaras de seguridad que la denunciante de Kalimba lo acompañó al aeropuerto y allí lo despidió más que amistosamente después del momento en que dice que se produjo el delito, es claro que la imputación pierde valor probatorio.
Los testigos que desmienten la acusación —la muchacha que asegura que ni siquiera hubo coito entre la denunciante y el acusado, el músico que afirma que Kalimba llegó al hotel mucho después de la hora en que la denunciante dice que se cometió el delito, el encargado de la administración que sostiene que no escuchó los gritos de auxilio que ella señaló haber emitido— podrían estar mintiendo por simpatía al acusado, o en virtud de haber recibido recompensa por faltar a la verdad o por cualquier otro motivo. Siempre será posible que un testigo mienta.
Pero el video demuestra lo que muestra, es imparcial e insobornable: no está influido por fobia ni por simpatía ni por prejuicio ni por dinero.
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Artículo publicado en el periódico La razón de México 4 de Febrero de 2011.