LOS CRÍMENES DE LOS JUSTOS
El mundo civilizado celebra la que parece inminente caída del dictador Muamar El Gadafi, de quien Pablo Hiriart ha hecho un magnífico retrato espiritual en este diario: “… actuó como lo que siempre fue: un loco”. Así que no faltan razones para alegrarse de que su régimen se esté desmoronando tras siete meses de guerra civil en Libia.
Las primeras planas de los diarios reseñan los aparentemente últimos momentos de ese gobierno y evocan sus crímenes. Menos difundidos son otros hechos en los que es políticamente incorrecto reparar pero cuyo soslayo ofendería la honestidad intelectual. Entre batalla y batalla las tropas rebeldes —que luchan por la democracia, la fraternidad y la justicia— han perpetrado atropellos no sólo contra los militares a los que han combatido sino también contra civiles leales al déspota. A nadie inquietó que Musa Ibrahim, portavoz del régimen, denunciara el sábado 20 de agosto la ejecución sumaria de 24 civiles, entre ellos varias mujeres. Pero después el propio dirigente de la insurgencia amenazó con dimitir en protesta por los actos de venganza que han cometido sus combatientes. Mustafá Abdel Yalil, jefe del Consejo Nacional de Transición, declaró: “… determinadas acciones de algunos de los hombres de los mandos revolucionarios me inquietan. Ésta podría ser la razón o la causa de mi dimisión”. Yalil tiene fama de ser un hombre justo y piadoso, respetado por todas las facciones rebeldes. Renunció a su cargo de ministro de justicia en cuanto El Gadafi ordenó en febrero reprimir con las armas las protestas populares. Su palabra está dotada de autoridad moral. Además, la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado tropelías contra la población civil: torturas, asesinatos y saqueos. Donatella Rovera, investigadora de Amnistía Internacional, ha dicho que el Consejo no tiene control sobre sus milicias: “Saben que los abusos están ocurriendo, pero no tienen capacidad para pararlo, o la voluntad política”.
La noticia es perturbadora por lo que revela del lado oscuro de los hombres. Es verdad que el rencor ha sido un móvil poderosísimo de la conducta humana, que los prisioneros insurgentes de El Gadafi han sido tratados con vesania y que el tirano se ha distinguido por su crueldad. Pero nada de eso justifica que los rebeldes cometan crímenes. Sin embargo, eso ha sucedido en todas las revoluciones violentas. En México, el cura Miguel Hidalgo y Costilla, proclamado padre de la patria no sólo oficial sino popularmente, permitió que sus tropas ultrajaran, saquearan y asesinaran, y mandó ejecutar a españoles pacíficos sólo porque eran peninsulares. Es verdad que los movimientos armados por definición son violentos y suponen destrucción y muerte; pero una cosa es matar al enemigo en combate y otra, abismalmente distinta, matarlo después de que se ha rendido o se le ha capturado o agraviar y asesinar a la población civil. Ese comportamiento revolucionario ¿es una fatalidad? Sería muy triste que así fuera. Creo que lo que ha dicho Yalil es aplicable universalmente: “Si se quiere construir una nueva Libia, hay que respetar vidas y propiedades: nadie debe tomarse la justicia por su mano”.
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Artículo publicado en el periódico La razón de México 26 de Agosto de 2011.