MÁS HOMICIDIOS Y MÁS IMPUNIDAD
Con atraso de 14 meses, el INEGI ha dado a conocer las cifras sobre homicidio y sentencias dictadas por ese delito correspondientes a 2009. Ya sabíamos que el homicidio doloso, que había venido descendiendo desde principios de la década de los noventa del siglo pasado, a partir de 2008 empezó a incrementarse y en 2009 alcanzó una cresta casi tan alta como la de 15 años atrás, la cual seguramente fue rebasada —aunque todavía no se da a conocer la estadística oficial— en 2010.
Lo que no se sabía es que en 2009 solamente se dictó sentencia respecto de 18 de cada 100 homicidios, es decir en menos de dos de cada 10 casos, la proporción más baja en este siglo. Y lo que seguimos sin saber es cuántas de esas sentencias fueron por homicidios dolosos y cuántas por homicidios culposos. Como se advierte, la estadística delictiva que proporciona el INEGI es limitada, además de que se publica muy tardíamente.
Aunque en ambos delitos el resultado es la muerte, la diferencia en gravedad criminal entre un homicidio doloso y un homicidio culposo es abismal: en aquel un individuo mata a otro teniendo el propósito de hacerlo, mientras que en éste una persona priva a otra de la vida debido a un accidente propiciado por descuido o negligencia. De ahí que resulte tan importante conocer el grado de impunidad por separado en uno y otro delitos.
No es aventurado suponer que la gran mayoría de las sentencias aludidas son dictadas por homicidio culposo, pues en éste es menos complicado atrapar al presunto delincuente. En un accidente de tránsito, por ejemplo, algún testigo proporciona el número de placas de su vehículo, con lo cual se facilita su ubicación.
Si así es, el porcentaje de sentencias emitidas por homicidios dolosos está aun por abajo del 18%. ¿15%, 12%, 10%? En cualquier caso, el dato es descorazonador: mientras aquí se juzga a ese bajísimo aunque incierto porcentaje de presuntos homicidas —quizá uno de cada diez—, en Japón o España, por citar sólo un par de ejemplos de países con policías y órganos de la acusación altamente profesionales, de cada diez homicidios en nueve se pone a los presuntos homicidas a disposición del juez.
Derramemos una lágrima amarguísima pero no nos digamos sorprendidos: sabemos que nuestras policías y nuestros ministerios públicos son un desastre, y una buena procuración de justicia no puede erigirse sobre esa tristeza. Esto es sólo un ejemplo de lo que apunta Edna Jaime en Excélsior: nos hemos rendido frente al pasado. A pesar de que a nivel federal y local hay gobiernos no priistas desde hace lustros, las cosas que pasan (y las que no pasan) son muy similares a las que ocurrían (y las que no ocurrían) durante el priato. Ni nuestros cuerpos policiacos ni nuestros persecutores del delito son mejores que los de entonces… y el tiempo transcurrido debió alcanzar para profesionalizarlos. ¿Es que estamos petrificados, como la mujer de Lot, con la vista hacia atrás? Lo peor es que la impunidad es aún más alta, los delitos más abundantes y la violencia mayor que hace 10 años. Es ocioso apuntar que si no damos los pasos acertados para salir de este agujero, incluyendo por supuesto las medidas de política social, la situación no sólo no mejorará sino seguirá deteriorándose.
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Artículo publicado en el periódico La razón de México 18 de Marzo de 2011.