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¿REVOLUCIÓN SIN MUJERES?

Luis de la Barreda Solórzano


Las revueltas en los países árabes acaso logren instaurar la democracia, conquista nada desdeñable, pero tan importante, o más, que ese triunfo sería que las mujeres se libraran de la opresión que sufren en razón exclusivamente de su sexo. De otro modo se tratará de revoluciones que no beneficiarán a la mitad de la población.

   Los hechos no parecen caminar en la dirección deseable. En Egipto y Túnez, una vez echados del poder los dictadores, los emergentes órganos de gobierno no tienen presencia de mujeres o la tienen meramente testimonial. Sin embargo, como ha dicho Michelle Bachelet, la admirada expresidenta de Chile y directora de ONU Mujeres, “lo que está sucediendo es una tremenda oportunidad para la causa de las mujeres”.

   En muchos de los países árabes —aunque existe una considerable variación en el grado de aislamiento, discriminación y avasallamiento del sexo femenino— son abismales las diferencias entre los sexos en cuanto al empleo, la participación política y los salarios; pero lo peor es la falta de libertades que padecen las mujeres: se les limita la libertad de movimiento, no se les permite manejar un automóvil, se les obliga a llevar velo, sufren la ablación del clítoris —más de 100 de millones de niñas han padecido mutilación genital—, se les fuerza a casarse con el hombre que elige su padre, no pueden optar por el divorcio pero en cambio su cónyuge las puede repudiar, se les impone el deber de fidelidad al esposo ya muerto so pena de castigos terribles como la muerte por lapidación, muchas no tienen acceso a la educación básica, se les prohíbe asistir a sitios públicos y se les impide cualquier clase de contacto con varones —incluso médicos— que no sean su marido o sus parientes. Digámoslo brevemente: son esclavas toda la vida, primero de su padre, después de su cónyuge, y de la sociedad toda si son huérfanas, divorciadas o viudas.

   Si no se les otorgan los mismos derechos que a los hombres, a esas mujeres las beneficiará muy poco, o nada, que en sus países haya elecciones libres en las que se respete el voto y se consagren las libertades públicas de expresión, reunión y asociación.

   Un segmento significativo de las multitudes que en las plazas de los países árabes han exigido la dimisión de los tiranos ha estado constituido por mujeres. El mundo occidental no las puede abandonar a su suerte. La cooperación internacional con los nuevos regímenes debe estar condicionada al pleno respeto a los derechos humanos de las mujeres, lo que supone que éstas y los hombres sean iguales ante la ley.

   Esa igualdad sólo será posible en un Estado laico, pues las mujeres son inferiores a los hombres no únicamente en el Corán sino en todos los antiguos textos sagrados, o por lo menos en las interpretaciones que los emisarios de la divinidad hacen de tales escrituras. Que cada cual crea lo que su fe le dicte y practique los ritos que le parezcan adecuados para honrar al dios de su preferencia, pero que a nadie se imponga una creencia ni la conducta que la religión prescriba.

   No será fácil. Pero, a pesar de todo, como advierte la directora de ONU Mujeres, asoma la oportunidad de que millones de mujeres, por decirlo en palabras del poeta mexicano Vicente Quirarte, abran todas sus puertas a la lluvia.

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Artículo publicado en el periódico La razón de México 11 de Marzo de 2011.

 

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