VIOLENCIA INFRAHUMANA… E IMPUNE
¿Es exagerado decir que México vive una de las peores tragedias de su historia? Quizá la rabia y la impotencia con que nos enteramos de los asesinatos de gente inocente nos sugieran que nuestro país atraviesa uno de sus más amargos momentos haciéndonos olvidar otros años aciagos que también dejaron una estela de dolor y muerte. En uno de sus relatos Borges se refirió a cierto personaje diciendo que le tocaron tiempos difíciles… como a todos los hombres.
Exageración o no, nadie podría negar que varias zonas del país, cada vez más numerosas, viven una pesadilla que hace tan sólo un par de lustros era inimaginable. Las cifras hablan por sí solas. En unos cuantos años se han disparado los delitos que más erosionan la convivencia civilizada.
El discurso oficial atribuía las denominadas ejecuciones a pugnas entre las diversas bandas del crimen organizado que pelean mercados, territorios y poder. Pero cada vez resulta más notorio —escalofriantemente notorio— que entre los asesinados hay un buen número de personas a las que ningún indicio señala como involucradas directa ni indirectamente con la delincuencia.
En ocasiones los asesinatos de personas que no la debían ni la temían se han debido a abusos o errores de policías o militares que, sujetos a un estrés brutal porque saben que en la batalla que libran cualquier parpadeo puede costarles la vida, dispararon contra el blanco equivocado; o bien a que las víctimas se encontraban en el instante y el lugar desafortunados en los que una bala perdida, proveniente de un enfrentamiento, los alcanzó. En esos casos el azar juega un papel importante.
Pero otras veces las balas que han segado las vidas de inocentes han sido dirigidas deliberadamente contra ellos. Éstos son los crímenes más inquietantes: es profundamente perturbador no saber el móvil de los asesinos. Salta en pedazos la creencia de que el que nada debe nada teme. Los porqués se atropellan delirantemente convertidos en elucubraciones sin sustento razonable. Allí donde la razón no alcanza para explicar hechos terribles, donde las razones se ocultan al discernimiento, el espanto es mayor. Por eso aterra el asesino serial aún no descubierto. Si sólo él sabe porqué motivos elige a sus víctimas, cualquiera puede ser el elegido. Cuando no se trata de un asesino serial sino de reiterados asesinatos inexplicables —de los que estamos siendo testigos atónitos—, nos sentimos a la intemperie. Se pregunta Ángeles Mastretta: “¿Quiénes son éstos que así matan?... ¿Tienen mujer, hermanos, hijos? ¿Tienen padres?”
Desgarrado por el homicidio incomprensible de su hijo, Javier Sicilia acusa a los políticos del fracaso del Estado en virtud del cual los ciudadanos hemos sido reducidos a la situación en que un ser puede ser violentado, secuestrado, vejado y asesinado impunemente, y reprocha a los criminales que hayan perdido sus códigos de honor y su violencia se haya vuelto infrahumana.
El aire está impregnado de indignación y tristeza.
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Artículo publicado en el periódico La razón de México 8 de Abril de 2011.