Asesinatos de mujeres
Rafael Ruiz Harrell [1]
La Secretaría de Desarrollo Social, Sedesol, difundió recientemente los resultados de un curioso estudio llamado -Violencia Social y de Género en México, en el cual precisó cuáles son las ciudades más peligrosas en la República y ofreció destinar entre 500 y 750 millones de pesos el año próximo para hacerlas más seguras. Según parece, el propósito fundamental es abatir la violencia de género y ayudar a que disminuyan los asesinatos de mujeres.
Todo lo que colabore al desarrollo y promueva la igualdad entre hombres y mujeres es bienvenido y la oferta de la Sedesol no es la excepción. Aun así conviene recomendar cautela y recordar que en el caso de los femicidios, el desenvolvimiento puede tener efectos secundarios contrarios a lo que se busca si no se lo complementa con programas sociales destinados a cambiar la actitud hacia las mujeres.
En este caso es necesario, además, que la Sedesol revise sus cifras porque de las ciudades que estima más peligrosas en un sentido delictivo no le atinó a una sola. Ciudad Juárez será la de más triste fama, pero no es la más peligrosa para las mujeres: del 2000 al 2002 registró, en promedio, 2.6 homicidios femeninos por cada cien mil habitantes -los mismos que Nuevo Laredo-, mientras que en Toluca hubo 3.2. En la zona conurbada del Estado de México hubo 3.7 y en Acapulco 4.0. Y si se considera la delincuencia del orden común en conjunto, Villahermosa, Tabasco, con 7 mil 346 delitos por cien mil personas, o Ensenada, Baja California, con 5 mil 274 superan sobradamente a las tres ciudades que la Sedesol juzga más peligrosas: Ciudad Juárez, con 3 mil 689; San Luis Potosí, con 2 mil 534 y Acapulco, Guerrero, con 2 mil 124.
Vistazo general
Un programa destinado a reducir los homicidios de mujeres no será eficaz si no parte de un conocimiento muy preciso de las causas que conducen a tales tragedias. No está de más recordar las líneas generales del problema.
El homicidio doloso ha venido disminuyendo en la República. En 1986 el sistema de salud registró 15 mil 800 asesinatos en total. En 2002 la cifra había disminuido a 10 mil 78, o sea una reducción del 36.2 por ciento. Sólo que la reducción es muy acusada en el caso de los hombres y mínima en el de las mujeres: en 1986 se registraron 14 mil 429 homicidios de varones y mil 371 de mujeres. En el 2002 los primeros habían disminuido a 8 mil 797 -o sea 39.0 por ciento menos-, mientras que los segundos estaban en mil 281 -o sea 6.6 por ciento menos. Si al principio del período por cada mujer asesinada había doce hombres que habían corrido igual suerte, hoy hay ocho por cada mujer muerta.
Una de las causas de que los femicidios hayan disminuido menos que los homicidios se encuentra en la mayor participación de la mujer en la vida laboral. Si en 1980, conforme a los datos censales, la población femenina económicamente activa representaba el 38.6 por ciento de la masculina, en el 2000 la proporción había ascendido a 46.2. Desde un punto de mira delictivo esto es grave porque las mujeres que trabajan se encuentran más expuestas a la violencia que las que se dedican al hogar.
Me apresuro a añadir que no se trata tanto de la violencia que sufren fuera de su casa como de la que padecen en ella. Un estudio reciente de INEGI, la Encuesta nacional sobre la dinámica de las relaciones en los hogares 2003, revela que el 49.6 por ciento de las mujeres con un empleo remunerado sufrieron en su hogar algún tipo de violencia a lo largo de ese año. De las mujeres que no tienen un empleo remunerado y trabajan sólo en el hogar, el 44.7 por ciento sufrió otro tanto.
La diferencia se mantiene cuando sólo se considera la violencia física: el 10.5 por ciento de las mujeres que trabajan fuera del hogar fueron maltratadas físicamente, mientras que sólo vivieron esa tragedia el 8.6 por ciento de las que sólo trabajan como amas de casa. Conforme al estudio citado, en el 2003 nada menos que 291 mil 289 mujeres mexicanas fueron golpeadas con el puño, recibieron puntapiés, fueron heridas con armas de fuego o armas blancas, o hubo alguien que intentó ahorcarlas o asfixiarlas. 175 mil 560 de ellas, o sea el 60.3 por ciento, sufrieron tales agresiones más de una vez. Todos estos maltratos, adviértase, les fueron infligidos en el hogar y por personas -en el 98 por ciento de los casos varones-, que forman parte de su círculo familiar.
El hogar
La regla general, excluyendo asesinos seriales y otros casos semejantes, es que a las mujeres las maten en su casa hombres que forman parte de su círculo íntimo.
El sistema de salud ofrece datos detallados de los lugares en que se cometieron poco menos de 4 mil 500 homicidios con víctimas femeninas de 1998 al 2002 en nuestro país. El resultado no puede ser más revelador: el 56.6 por ciento ocurrieron en el hogar en que moraba la víctima. Por comparación, sólo el 20.1 por ciento de los hombres asesinados lo fueron en su hogar.
Más aún, se sabe que en el 93.8 por ciento de los casos fueron muertas por un hombre, de los cuales el 54.0 por ciento formaba parte del círculo íntimo de la mujer asesinada; 11.1 eran familiares y 15.0 por ciento eran amigos o conocidos. Sólo el 13.7 por ciento eran desconocidos.
Las causas directas de los femicidios son las mismas que precipitan la violencia en el hogar a la que nos referíamos líneas arriba. En el 89.4 por ciento de los casos se trata de pleitos hogareños que encuentran origen en que la mujer tiene su propio dinero (7.3%), sale mucho del hogar (17.4%), celos (29.4%), o que no está cumpliendo sus deberes como ama de casa (35.3%). En el fondo se trata de lo mismo: se la maltrata primero y finalmente se la mata, porque trabaja y es independiente. Por desgracia, como veremos la próxima semana, el problema es todavía más de fondo.
En este sentido, podemos advertir tres cifras: el 56.6 por ciento de los femicidios ocurren en el hogar; el 93.8 de los mismos son cometidos por un varón, y de ellos sólo el 13.7 por ciento son totalmente desconocidos para la víctima. El peligro letal para las mujeres no está en las calles ni en desconocidos que acechen en las sombras, sino en su casa y en los hombres que conoce.
Es posible entender -lo que es muy distinto de justificar-, que un asaltante llegue a herir mortalmente a una mujer que no conoce, pero ¿cómo explicar que la mayor parte de los femicidios sean cometidos por hombres que conocían a la mujer a la que privaron de la vida? Se sabe que los celos dan origen al 29.4 por ciento de los asesinatos de mujeres, pero los demás responden a motivos decididamente banales frente al carácter mortal del resultado. El 7.3 por ciento de los casos se deben a que la mujer tiene su propio dinero. Que trabajen y salgan del hogar es causa del 17.4 por ciento de las muertes violentas que sufren las mujeres mexicanas. Que descuiden sus deberes hogareños del 35.3 por ciento. Los datos muestran un triste panorama: al parecer los machitos mexicanos quieren criadas, no compañeras, y cuando no reciben el servicio que esperaban empiezan por golpearlas y terminan por matarlas.
Un dato más
El análisis de las edades de las víctimas ilumina otra zona oscura del femicidio. La Secretaría de Salud lleva noticia puntual de la edad a la que mueren las personas y el caso del homicidio no es la excepción. Gracias a eso tenemos la relación anual por grupos quinquenales de edad de las mujeres y los hombres que murieron a manos de otros seres humanos. Si se calcula el porcentaje que cada grupo representa del total y después se compara las cifras femeninas con las masculinas, se descubre una triste diferencia: en proporción, las mujeres son asesinadas con menos frecuencia que los hombres cuando están en su edad fecunda, o sea de los 20 a los 59 años de edad, pero se las mata con mayor frecuencia antes y después de esas edades.
Por cada 100 hombres asesinados entre los 20 y los 59 años de edad se mata a 89 mujeres. Por cada cien hombres con 60 años o más víctimas de homicidio doloso mueren, en proporción, 223 mujeres. Por cada cien hombres con 19 años o menos que murieron a manos de otros, mueren proporcionalmente 334 mujeres.
¿Por qué se asesina a las niñas y a las ancianas en proporción tan desmedida? ¿Será que a los ojos del varón sólo son útiles por su capacidad reproductiva? ¿Será que se las mata cuando todavía no sirven o ya dejaron de servir como objetos sexuales?
Estructuras
Los datos anteriores revelan que el problema es estructural. Quiero decir con esto, por un lado, que el hecho de que una persona prive a otra de la vida no es un hecho que dependa meramente de la idiosincrasia de la víctima y el victimario o que pueda ser explicado, y nada más, como un acto de violencia individual. Es, ante todo, un hecho social que responde a patrones y tendencias de naturaleza colectiva. Como bien lo explicó Durkheim, ni siquiera el suicidio -un acto en apariencia individual y solitario-, deja de ser un hecho social.
Al calificar a este hecho de estructural quiero decir, por otro lado, que está determinado por los roles que desempeña la gente en el grupo al que pertenece y las expectativas que se tiene en relación a su conducta. Si de un maestro se espera que enseñe y de un cantante que cante, de un trabajador se espera que cumpla con su trabajo. Cuando alguno de ellos no lo hace hay una disonancia entre su papel social y su conducta.
No hay duda del carácter social de los homicidios con víctima femenina, ya que en ellos se descubre la reiteración de múltiples patrones. Y no hay grandes dudas, tampoco, de que las causas que los producen tienen naturaleza estructural y se deben a una disonancia en las expectativas de hombres y mujeres. Los varones, tradicionalmente condicionados a esperar que las mujeres los atiendan, los obedezcan y los sirvan, reaccionan violentamente cuando no lo hacen y lo estiman desacato y rebeldía. Que la mujer tenga su dinero, se mande a sí misma, salga y entre cuando le place, no solamente contradice las expectativas que los varones tienen de ella, sino que pone en tela de duda el propio papel del varón.
Posibilidades
Los investigadores coinciden en que el problema fundamental es de control. Para algunos, los homicidios con víctimas femeninas son parte de los esfuerzos de los varones para impedir que cambie la estructura social entre los géneros. Para otros el femicidio surge de una dominación masculina que empieza a perder legitimidad y se ve obligada a usar la violencia para conservar el control.
Aunque son muchas las variables que hay en juego, al parecer el meollo del problema se encuentra en la posición relativa que tenga la mujer ante el varón. Cuando la diferencia entre los estratos que ocupan uno y otra es muy grande, la violencia es cotidiana, pero mínima. Al empezar a disminuir la distancia, la violencia crece de grado y llega al extremo cuando la mujer, abruptamente, supera al varón -como sucede con las mujeres que trabajan en las maquiladoras en Ciudad Juárez. Por fortuna, cuando las mujeres y los hombres se equilibran en grado educativo, en ingresos y en responsabilidades sociales, se establece una nueva estructura que hace innecesaria la violencia entre los géneros -al menos por lo que se refiere a esos motivos.
Aunque muchas mujeres morirán todavía en el proceso, la solución, parece estar en más educación, más empleo, más independencia y más apoyo social para las mujeres -incluyendo desde guarderías hasta hogares en los que puedan refugiarse cuando son maltratadas. No emprender el cambio con decisión y energía es tanto como desear que se siga asesinando a mujeres mexicanas. Dejar que la liberación femenina siga estando a medias es criminal.
Publicado en dos partes en el diario Reforma, los días 20 y 27 de diciembre de 2004.
[1] Criminólogo y Asesor del Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad, A.C. —ICESI—. Artículos publicados en la columna La Ciudad y el Crimen de la sección Justicia del periódico Reforma. Diciembre de 2004.






