Horror inexplicado
Luis de la Barreda Solórzano
Charles Carl Roberts, de 32 años, casado y padre de dos niños y una niña con edades de siete años a uno y medio, no había presentado síntomas de desequilibrio. En palabras de su mujer, “era un padre excepcional”. El pasado lunes abrazó a sus hijos al dejarlos en el autobús del colegio y se despidió de ellos afectuosamente:”No olviden que papá los quiere”. Después pasó a su casa, esperó a que su esposa saliera y tomó una pistola, dos escopetas, dos cuchillos y 600 balas; subió al camión en el que repartía leche y se dirigió a la escuela Georgetown, de la comunidad amish, a dos kilómetros de su casa, en el condado de Lancaster, estado de Pensilvania. Allí el tiempo se ha detenido. No se oye ningún ruido que no existiera hace 200 años. Los miembros de la comunidad rechazan los avances tecnológicos modernos. No tienen televisores ni computadoras, no utilizan luz eléctrica. No usan tractores en sus granjas. El campo es trabajado con aperos de labranza propios del siglo XIX.
Roberts llegó al sitio en que llevaría a cabo su misión a las 10:30, entró al aula en la que había 26 alumnos, ordenó pistola en mano que salieran 15 niños y tres niñas, puso a las 11 restantes en fila ante el pizarrón y las ató de los tobillos. Todas tenían entre seis y 13 años. El agresor avisó a su mujer por el teléfono celular que no volvería a casa por la noche. Al llegar la policía amenazó a los agentes con disparar si no se retiraban en diez segundos, pero inmediatamente se oyeron los tiros. Cinco niñas murieron y seis quedaron muy malheridas. Después el asesino se suicidó con un disparo en la sien.
¿Por qué ese hombre pudo hacer algo así? Dejó una nota a su cónyuge en la que: a) rememora la muerte de una hija que había nacido prematuramente, tragedia que, escribió, cambió su vida para siempre, y b) revela que a los 12 años cometió abusos sexuales contra dos menores de su familia, de tres o cuatro años, actos de los cuales se avergonzaba. En sus pesadillas volvía a abusar de menores. Apuntó que odiaba a Dios y se odiaba a sí mismo.
Todo eso, ¿explica su conducta? Cada que ocurre un crimen espeluznante, criminólogos, sociólogos, psicólogos, psiquiatras y antropólogos ofrecen explicaciones acerca de los móviles del criminal. Las explicaciones hurgan en aspectos de su biografía que juzgan clave para poder entender la actuación del individuo. No pueden ser sino razones formuladas a posteriori, por supuesto. Pero eso mismo plantea una duda: antes del crimen, ¿alguien hubiera sido capaz de predecirlo o pronosticarlo? Son muchos los hombres a los que se les ha muerto un hijo bebé o que han sido autores o víctimas de ofensas sexuales, pero casi ninguno llega a cometer un crimen monstruoso.
Tengo la impresión de que, ante el horror de un episodio como el protagonizado por Charles Carl Roberts, en realidad nadie tiene una explicación satisfactoria respecto de los porqués. Lo expresó el mismo lunes de la matanza una vecina del asesino: “Muero por saber qué tipo de insulto por parte de una niña pudo recibir hace 20 años (es decir, cuando Roberts, a los doce años, abusó de los menores) que le haya llevado a esto”. Lo expresó también su mujer: “El hombre que ha hecho esto no es el Charles con el que llevo casi 10 años casada”. En efecto, una conducta como la aquí narrada nos deja perplejos pero sentimos la necesidad de buscarle una explicación racional. Nos aterra su irracionalidad y no nos resignamos a quedarnos sin una línea argumentativa que desentrañe el enigma.
Pero en el fondo, aun habiendo asentido sobre los argumentos que intentan hacer comprensible el hecho, nos quedamos inermes, ayunos de razones, ante la monstruosidad. Padre y esposo ejemplar que jamás había presentado signos de desequilibrio, en un momento de su vida decide matar precisamente a 11 niñas no sin antes estrechar en sus brazos a sus hijos y reiterarles su cariño. Podemos enterarnos de los antecedentes biográficos que lo tenían enojado con la vida. Incluso podemos aceptar que esos sucesos influyeron en el proceder criminal, que de no haber ocurrido aquellos éste no se hubiera desencadenado; pero no podemos evitar la certeza de que antecedentes similares no producen un efecto en la actuación de otras personas que también los han padecido.
Y entonces nuestro horror crece. Porque una explicación absolutamente convincente de alguna manera nos tranquiliza: “Fue horrible, pero sucedió por esto y por esto otro”. En cambio, si no comprendemos lo ocurrido experimentamos un sentimiento de intemperie: el hombre es capaz de las mayores monstruosidades gratuitamente. Queda, quizá, el recurso de aseverar que el protagonista se volvió loco, pues sólo desquiciado podía haber procedido como lo hizo. Al loco, incapaz de comprender el disvalor de su conducta o por lo menos de conducirse de acuerdo con esa comprensión, no se le puede formular un juicio de reproche. Por eso jurídicamente se le conoce como inimputable: no se le puede enderezar una imputación por su comportamiento, es incapaz de culpabilidad.
Ahora bien, ¿todas las acciones monstruosas provienen de inimputables? La respuesta de la psicología criminal es no. Y eso es lo que angustia: que un semejante, no un loco de atar sino un cuerdo, sea capaz de llevar a cabo acciones espantosas. “El hombre que ha hecho esto no es el Charles con el que llevo casi 10 años casada”, aseveró la horrorizada y estupefacta esposa. He ahí lo terrible: sí, el hombre con el que llevaba usted una década casada, excelente padre y buen esposo, hizo eso; usted no lo conocía suficientemente. El ser humano es capaz de actos heroicos, nobles, generosos, solidarios; de creaciones, descubrimientos o inventos portentosos; de semejarse a los dioses que él mismo ha ideado como modelo… y también lo es (¡gulp!) de comportamientos tan viles que parecen impropios del homo sapiens, rey de la creación.
Publicado en La Crónica de Hoy el 6 de octubre de 2006.






