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¿Justicia popular?

Luis de la Barreda Solórzano

Pocas cosas se oponen tan extrema y radicalmente a los avances y conquistas de nuestro proceso civilizatorio como la justicia colectiva por propia mano. No hace falta un juicio, no se requiere que el acusado tenga un defensor o que cuente con oportunidad de ofrecer pruebas o ser escuchado.

La turbamulta decide que un individuo atrapado por uno de sus integrantes es culpable o sospechoso —no es requisito que se pruebe la culpabilidad— de un delito o de una falta, y en el acto decide castigarlo brutalmente.

Se van a la basura, con ese proceder, principios básicos de la Ilustración tales como el principio de legalidad, la presunción de inocencia, el derecho a defenderse de una acusación, la proporcionalidad entre el delito y la pena, la prohibición de aplicar penas crueles o degradantes, etcétera.

Para ciertos demagogos, frenéticos, acémilas y populistas, todos esos principios son principios burgueses y constituyen un estorbo para la justicia popular. No importa que la masa erigida en jurado esté compuesta apenas por unas cuantas personas: esa masa es, en esa concepción grosera, el pueblo justiciero.

Imposible olvidar a Andrés Manuel López Obrador, entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal, proclamando, ante el primero de los linchamientos ocurridos en la Ciudad de México durante su gestión, que era mejor no meterse con los usos y costumbres de la gente —término con el que el gobernante tabasqueño designaba al pueblo— ni con las tradiciones del México profundo. Con tal postura podría justificarse cualquier conducta, por atroz que fuera, siempre y cuando respondiera a una usanza consuetudinaria.

Ahora, intelectuales progresistas o de izquierda —¿alguien puede en estos tiempos precisar qué es tal cosa?— han justificado, o al menos guardado prudente silencio, ante la justicia expedita aplicada por la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca (APPO) quizá porque, dado que sus demandas incluyen exigencias de justicia social y la cabeza de un gobernador priísta, y que se trata de un movimiento opuesto al orden burgués en un estado sumamente pobre, lo políticamente correcto es apoyar, así sea silenciosamente, todas las expresiones de ese descontento popular.

Leo con estremecimiento el reportaje de Alejandro Velázquez en las páginas de este diario. “La madrugada del miércoles 4 de octubre cinco hombres considerados ‘sospechosos’ fueron arrastrados, casi desnudos, al Zócalo; la noche del 16 de septiembre se desnudó y se apaleó a otros cuatro por ‘tratar de robar un celular’; en la noche del 5 de octubre tres jóvenes fueron golpeados salvajemente por brincar una barricada. En Oaxaca así se aplica la APPO-ley, porque no hay policía”.

Narra el reportero que en el Centro Histórico de esa bellísima ciudad, cuando llega la noche, las barricadas cierran la calle pero abren paso a la delincuencia. Le tocó escuchar lo siguiente:

—Tú quédate conmigo y dispara a matar, a la cabeza. No dudes en mantenerte junto, si se acercan demasiado, pero no corran como cobardes antes de tiempo. Tenemos que controlar a estos cabrones, no sabemos qué puede pasar.

Cada madrugada —narra— se escuchan balazos, golpes, gritos. El estado de alerta máxima decretado por la APPO tiene a los alzados en un estado de psicosis permanente y por eso no es extraño que le caigan a palos a todo “sospechoso”. La policía desapareció desde el 14 de junio, luego del frustrado desalojo de los profesores integrantes de la sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE).

Éstos son los maestros encargados de enseñar a los niños, entre otras cosas, el valor del comportamiento cívico, de la convivencia civilizada y del respeto al Estado de Derecho.

Podemos dejar de lado, suponiéndolas, la justicia, la pertinencia, la oportunidad o la viabilidad de las demandas, y asumir una postura clara y firme ante el cierre de oficinas gubernamentales con agresiones a los servidores públicas, la ocupación del Zócalo de la ciudad y, sobre todo, los actos justicieros colectivos. Son actitudes indefendibles.

Estos militantes declaman en sus mítines y sus panfletos que luchan por una sociedad más justa. Sus modos de lucha, sólo eso, bastan para poner en duda sus buenas intenciones. El fin nunca justifica los medios.

Advierte Luis González de Alba (Letras libres, octubre de 2006) que el gobierno de Fox, más que ninguno, enseñó a la población a emplear exitosamente la violencia callejera al aceptar el paseo impune de la guerrilla chiapaneca por todo el país, con máscaras ya inútiles, puesto que nadie ya los perseguía, a caballo sólo para el desfile en las ciudades y autobuses resguardados por la policía para cubrir los trayectos de carretera, tan cansados a caballo. Después vinieron los machetes de Atenco, eficaces para impedir la construcción del nuevo aeropuerto. Los linchamientos que quedaron en la impunidad. La multitud azuzada por narcos torturando y quemando vivos a dos jóvenes policías ante las cámaras de televisión que sí pudieron llegar a donde la policía de Marcelo Ebrard no pudo. Los plantones en el Zócalo, Juárez y Paseo de la Reforma. La ocupación de la tribuna del Congreso por los legisladores perredistas para impedir el informe presidencial. “Y el hundimiento de Oaxaca —añade González de Alba— ante el silencio de quienes poco antes habían cacareado su augusto horror por la herejía de que un McDonald’s se estableciera en el centro de la sacrosanta ciudad”.

Escribió insuperablemente Stefan Zweig en su biografía María Antonieta: “Pues el concepto de Revolución es, en sí mismo, muy dilatado, abarca una escala de infinitos grados, desde la más alta idealidad hasta la brutalidad más abierta, desde la grandeza hasta la crueldad, desde lo espiritual hasta su contrario, la violencia; cambia de modo de ser y se transforma, porque siempre recibe su color de los hombres y de las circunstancias. En la Revolución francesa, como en toda otra, se dibujan claramente dos tipos de revolucionarios: los revolucionarios por idealidad y los revolucionarios por resentimiento. Los unos, mejor dotados que la masa, quieren elevarla hasta su nivel, hacer ascender su educación, su cultura, su libertad, sus formas de vida. Los otros, que lo han pasado mal, quieren tomar venganza de aquellos que lo pasaron mejor, procuran dar satisfacción a su nuevo poder a costa de aquellos en otros tiempos poderosos. Esta disposición de ánimo, como fundada en la dualidad de la naturaleza humana, se halla en todos los tiempos”.

 

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