La negación de la víctima
Rafael Ruiz Harrell
La respuesta parecerá aberrante, pero la sensación más generalizada es que la víctima de un delito algo tuvo que ver con que ocurriera. Se admiten, claro, excepciones en casos extremos: cuando la bomba puesta por un terrorista en un tren mata a varias personas, se admite que eran víctimas "inocentes". El adjetivo se emplea no sólo para recalcar su inocencia, sino para tratar de indicar que por ese hecho eran, si puede decirse así, "más" víctimas o, si se quiere, que las víctimas "no inocentes" son "menos" víctimas porque de alguna manera provocaron el crimen que las afectó.
Hay en esto un abanico muy amplio. Quien es víctima de un fraude y se dejó engañar invariablemente es considerado culpable del crimen que padeció: le sucedió por idiota o por avorazado. Algo semejante ocurre, por desgracia, con los casos de violación: la actitud social ante este delito siempre culpa en parte a la víctima. "Algo hizo para que le pasara lo que le pasó", se dice presumiendo de una honda sabiduría que puede reducirse a que la muchacha iba enseñando el ombligo o llevaba muy ajustados los jeans.
La actitud de culpar a la víctima, al menos parcialmente, está tan extendida que aun en asaltos violentos llega a suponerse que quien resultó herido provocó de alguna manera el incidente. Desde fines de los cincuentas, a raíz de la publicación del clásico libro de Marvin Wolfgang sobre el homicidio, suele hablarse de las víctimas que "precipitan" el crimen, aun y cuando hayan perdido la vida en el suceso.
¿A qué se debe que a pesar de haber sido victimizadas sea tan frecuente que a las víctimas de un crimen se les niegue ese carácter?
Orígenes
No siempre se trató a las víctimas con el descuido y el desprecio con que a veces se las trata hoy en día. Recuérdese que la palabra 'víctima' designó originalmente a la persona o al animal que estaba destinado a un sacrificio religioso. Ser "víctima" era en cierto sentido un honor, ya que los dioses quedaban obligados a responder favorablemente a una petición por el regalo de la vida que se les hacía. El libro de Marcel Mauss sobre el papel de los regalos en las sociedades primitivas, otro texto clásico, toca el punto con más detalle.
Hubo tiempos y lugares en que la víctima jugaba un papel preponderante en el castigo del criminal. Algunas leyes romanas y algunas costumbres medievales le otorgaban a su palabra pleno valor probatorio y le permitían desempeñar un papel importante en el juicio. La tradición original era helénica: en la Atenas clásica era la víctima y sólo ella la que podía acusar a su victimario y la que tenía que presentar pruebas ante los jueces. Lo que es más: si la víctima ganaba el caso era ella, personalmente, la que tenía que ejecutar la sentencia: el gobierno ateniense no podía hacerse cargo de esa tarea porque le estaba prohibido hacer nada en contra de un ciudadano.
La reforma penal que se inició a fines del siglo XVIII, y de la cual Beccaria es figura principal, tuvo benéficas y necesarias consecuencias para el criminal. Desde entonces se admite que no hay delito ni pena sin una ley previa y que todo acusado tiene derecho a defenderse. A la vez que se crearon los órganos gubernamentales encargados de aprehender y procesar al acusado, y a partir de ahí la importancia de la víctima empezó a restringirse hasta quedar reducida, propiamente, a servir de testigo del suceso. El cambio fue tan hondo que se procesaba al acusado por el daño que le había hecho a la corona o a la sociedad. La víctima no era la razón de ser del proceso sino apenas el pretexto.
Consecuencias
Al perder voz en el juicio -a no ser para dar su versión de los hechos-, la víctima pasó a un segundo o tercer plano en la consideración de jueces, abogados y legisladores. Importaba el crimen y era relevante el criminal, pero la víctima no. Tal vez fuera alguien que había propiciado la comisión del delito por descuido o activamente y, en consecuencia, no había que darle demasiada importancia. El eje del proceso estaba en otra parte.
Aunque la víctima ha venido adquiriendo algunos derechos -como el de la reparación del daño-, todavía falta mucho para que se admita su plena inocencia en todos los casos. Hoy, quizá porque nadie quiere ser víctima, se la sigue escuchando bajo la sombra de la duda de que algo hizo o algo dejó de hacer para que le pasara lo que le pasó. En el terreno de las culpas, el criminal no es todavía el único culpable.
Artículo publicado en La ciudad y el crimen del periódico Reforma. Lunes 28 de agosto de 2006.






