Mentiras oficiales
Rafael Ruiz Harrell
Primero de dos partes
¿153 mil 956? ¿Si? ¿Con un descenso del 5.2 por ciento frente al 2004, cuando se registraron 162 mil 485 delitos del orden común? Pues las cifras serán todo lo oficiales que se quiera y Alejandro Encinas y Bernardo Bátiz podrán presumirlas cuanto les dé la gana, pero creo que son falsas y las veo como ficciones elaboradas con propósitos electoreros. Lo sostengo por muchas razones, pero aquí me contentaré con ofrecer, por ahora, dos de las más importantes.
Primera
Cuando una persona llega a la Procuraduría a denunciar un delito o presentar una querella, se abre lo que se llama en la jerga penal una “averiguación previa”. Lo de “previa” no implica que sea “preliminar” o “introductoria”, sino tan sólo que es previa al juicio. Vamos, es lo que se investiga antes de que se inicie el proceso ante el juez.
La averiguación previa da cabida a uno o varios delitos. Si además de robada una persona es herida por el ladrón, la averiguación contendrá dos delitos: robo y lesiones, y así en los demás casos. Analizadas en conjunto resulta que cada 100 averiguaciones dan cuenta, en promedio, de 130 delitos, de tal manera que si se abrieron mil averiguaciones en cierto período, las estadísticas oficiales deberían informar de más o menos mil 300 delitos.
En 1998, al llegar Samuel del Villar a la Procuraduría, empezó a establecerse la práctica de no considerar sino un solo delito por averiguación. Como la estrategia permitía presumir descensos delictivos, así ocurrieran sólo en el papel, Bátiz la conservó y mejoró. Si en 1998 se registraron 108 delitos por cada 100 averiguaciones y en el 2001 sólo 92, el año pasado sólo figuraron en las estadísticas 85 delitos por cada cien averiguaciones. Es la proporción más baja de nuestra historia.
El truco parece irrelevante, pero si se calcula cuantos delitos habría en la estadísticas si se consideraran 130 crímenes por averiguación, la cifra para 2005 pasaría de 153 mil 956 a 237 mil 154. Sin chistar y como no queriendo la cosa, las cifras de Bátiz nos ocultan 83 mil 198 delitos.
Segunda
En las encuestas victimológicas se le pregunta a una muestra representativa de la población que pretende estudiarse si fue o no víctima de un delito. A quienes contestan afirmativamente se les pregunta además si se tomaron el trabajo de ir a denunciar el hecho ante la autoridad competente.
Nuestro diario efectúa cada tres meses una encuesta representativa de la población capitalina en la que, amén de muchas otras, figuran las dos preguntas señaladas. El análisis de las cuatro encuestas llevadas al cabo en 2005, revela que del total de las personas victimizadas ese año sólo una de cada 6.4 acudió a denunciar el crimen o crímenes sufridos. Las que sí lo hicieron ascienden a 265 mil 693 personas. La Procuraduría, sin embargo, abrió sólo 182 mil 426 averiguaciones, de tal manera que los delitos sufridos por 83 mil 267 personas -casi la tercera parte-, no tuvieron oportunidad alguna de llegar a las estadísticas.
La diferencia entre el número de averiguaciones iniciadas y el de personas iniciadas se debe a dos causas. La primera y más frecuente es que en muchos casos el denunciante no puede probar a satisfacción de la Procuraduría el delito del que dice haber sido víctima. La segunda se presenta cuando varias personas son víctimas del mismo delito -digamos un robo en algún vehículo público-, y acuden en grupo a presentar su demanda, ya que en este caso el ministerio público levanta una sola averiguación y cuenta el hecho como un solo delito.
La Procuraduría del DF se atreve a decir que en el año de 2005 sólo llegaron a su conocimiento 153 mil 956 delitos porque no le prestó atención a la demanda de justicia de 83 mil 267 personas. Si lo hubiera hecho, aun consignando un solo delito por persona -como lo hace en el resto de sus estadísticas-, informaría de 265 mil 693 delitos. Si fuera absolutamente veraz y nos dijera que cada cien víctimas sufren, en promedio, 130 delitos, habría registrado 345 mil 400 crímenes en nuestra ciudad el año pasado.
La semana próxima ofreceré varias razones más para no aceptar las cifras de Bátiz, pero hay una que no puedo dejar de mencionar desde ahora: en el 2000 cuando Cárdenas lanzó su candidatura, en el DF la delincuencia oficial bajó de manera extraordinaria por razones meramente políticas. Tal vez este año, ahora en loor a Andrés Manuel López Obrador, seamos testigos de otro milagro semejante.
Segunda y última de dos partes
Al decir de la Procuraduría capitalina, en el 2005 llegaron a su conocimiento sólo 153 mil 956 delitos, lo que representa un descenso del 5.2 por ciento frente al año anterior y del 12.9 frente a la criminalidad registrada en el 2000, cuando López Obrador sustituyó en el mando a Rosario Robles. Desde que llegó el PRD al gobierno de la ciudad es, oficialmente, la más baja cifra delictiva.
Hay, no obstante, un severo problema: la cantidad no es creíble y, a todas luces, está manipulada. La semana pasada ofrecí en esta columna dos razones que apoyan la afirmación. Añado ahora tres más.
Primera
Una de las circunstancias que más ha atraído el interés y la curiosidad de los criminólogos es el hecho de que la delincuencia adopta cursos temporales extraordinariamente estables, al grado de que se conservan aunque la criminalidad esté disminuyendo o en ascenso. En el DF los meses con mayor delincuencia son marzo y octubre y los que registran menos son febrero y diciembre. Hay un caso de excepción: en los años en los que la semana santa cae en marzo, como sucedió el año pasado, disminuye la importancia de ese mes y julio ocupa el segundo lugar.
Ahora bien: no hay mejor prueba de que las cifras del 2005 fueron manipuladas que las divergencias que presenta su distribución mensual frente a la registrada de 1990 al 2004. Al dejar la estacionalidad sin tendencia, se descubre que mayo y junio están casi a la par que octubre. Este último está extraordinariamente bajo, al igual que julio, que en las cifras oficiales del 2005 es el mes más bajo después de febrero y diciembre. Abril, en cambio, está muy alto, lo que es explicable porque no ocurrió en él la semana santa, pero los cambios de los demás meses no tienen razón ni sentido. La única explicación posible es que se alteraron las cifras y no son confiables.
Segunda
Nuestro diario realiza cuatro veces al año en el DF una encuesta con muestra representativa en la que se le pregunta a los entrevistados si fueron o no víctimas de la delincuencia. El plazo de referencia son los tres meses anteriores.
El hecho permite trazar una gráfica a partir de 1998 con el desarrollo de la delincuencia cometida en el DF, fuera denunciada o no, y otra, también por trimestres, con la delincuencia registrada por la Procuraduría capitalina. Al hacerlo se descubre que corren de manera más o menos paralela hasta el 2003, pero a partir de ahí siguen cursos divergentes: las cifras oficiales bajan, mientras que las obtenidas en las encuestas suben.
Una correlación linear permite tener una idea de las cifras no manipuladas. En el 2004, en lugar de 162 mil 485, deberían haberse registrado 183 mil 784 y en el 2005, en lugar del ya citado 153 mil 956, sería necesario reconocer un aumento y admitir que la delincuencia subió a 185 mil 154, y hay 31 mil 198 delitos más que los consignados en la cifra oficial.
Tercera
Tal vez la prueba más elegante de que las cifras de Bátiz son falsas y han sido reducidas artificialmente se encuentre en el viejo descubrimiento de Clifford Shaw de que toda ciudad tiene su centro delictivo. La tesis, confirmada por primera vez en 1946 en nuestra ciudad por Norman Hayner, puede ser comprobada por cualquiera que se tome el trabajo de tomar la delincuencia registrada en cada una de las delegaciones capitalinas, dividirla entre la población delegacional y multiplicar el resultado por 100 mil. El resultado final será una curva que baja de la Cuauhtémoc a Milpa Alta, revelando que a medida que una zona se separa del centro tiene menos delitos por habitante.
La teoría no sufre alteración alguna cuando se considera no sólo las 16 delegaciones capitalinas, sino los 58 municipios mexiquenses y uno de Hidalgo, que conforman la zona metropolitana del Valle de México. Es decir: la distribución tiene que ser la misma y a mayor distancia del centro delictivo del área metropolitana, menos delitos por habitante.
Hace ya cuatro años que anuncié en esta columna (Reforma 3 dic 2001), que la zona metropolitana ya se había integrado como unidad criminológica. Hoy debo reportar un claro desfase: las delegaciones capitalinas no están ocupando el lugar que deben en la curva, dada su distancia de la Cuauhtémoc. La razón es que las cifras del DF son excesivamente bajas. Sólo si se sube a poco más de 245 mil delitos los registrados en el 2005 en nuestra ciudad, vuelve la distribución a recuperar su sentido.
Publicado en La Ciudad y el Crimen del diario Reforma. Enero 2006.






