Nuevo autoritarismo
Rafael Ruiz Harrell
La triste oferta política de los tres candidatos principales a la Presidencia de la República se adelgaza hasta convertirse en una sola cuando se trata de la seguridad pública. En lugar de un espectro en el que fuera posible distinguir posturas, estrategias y métodos distintos -algunos democráticos, otros autoritarios; algunos de izquierda, otros de derecha; algunos racionales, otros desmedidos-, Calderón, López Obrador y Madrazo insisten en ofrecernos un monolito construido con lo peor de la represión autoritaria y antidemocrática. Aunque empleen palabras diferentes, los tres dicen lo mismo: la respuesta a la delincuencia es más de lo mismo, o sea penas más severas, más arrestos, menos garantías, más cárceles. Los tres se ufanan al declarar que no les temblará la mano y harán "lo que sea necesario" para abatir el crimen, en la inteligencia de que esto implicará acudir a la represión e imponer la intolerancia.
A veces me atrevo a soñar que el problema se reduce simplemente a ignorancia y bastaría con instruirlos para que cambiaran de rumbo. Alguien que supiera podría iniciar su enseñanza diciéndoles: "Miren, niños, tenemos años, décadas y siglos de estar tratando de acabar con el crimen castigando a los delincuentes y, a veces, incluso a sus hijos, a sus cónyuges, a sus padres y a sus conocidos. No hay castigo ni pena que no hayan sido ensayados en algún tiempo de la historia: torturas, decomisos, mutilaciones, cárceles perpetuas, desmembramientos, hogueras, destierros y lobotomías. Ninguno ha servido. Quizá nos quite de encima a este criminal o aquel otro, pero el río de la criminalidad nunca ha cambiado de curso por ello. Lo que sí ha servido para reducirlo y controlarlo es el avance de la civilización. Los homicidios descienden en las áreas rurales -donde son, en proporción, más numerosos que en las grandes urbes-, cuando llega la electricidad a los hogares y desaparecen en ellos los pisos de tierra. Aumenta el bienestar, crece el empleo y disminuyen sensiblemente el fraude y el robo. El crimen organizado no es sino una forma de hacer negocios y, en consecuencia, la mayor parte de sus acciones son previsibles y por ende evitables. Quizá sea muy divertido jugar a policías y ladrones a escala natural, pero para controlar la delincuencia es un método torpe, costoso e ineficaz. Si en verdad quieren ayudar a la gente, mejor vayan pensando evitar la delincuencia y no en combatirla cuando ya ocurrió, en promover el desarrollo en lugar de construir más cárceles".
El fondo
Sólo que el sueño desaparece con cada nueva declaración. El que no dice que usará al ejército para combatir al narco, como AMLO, promete endurecer todavía más las penas, como Calderón, o multiplicar las fuerzas del orden, como Madrazo. Y al considerar lo reiterado de la promesa de combatir la violencia empleando mayor violencia, es imposible no acabar por enterarse que no es asunto de ignorancias y la ceguera de los candidatos es profundamente interesada.
Aunque todos reconocen que lograr la seguridad es una exigencia ciudadana de la mayor jerarquía, no es eso lo que dirige sus promesas. Que baje o no la delincuencia les importa un bledo, lo que quieren es conseguir votantes y de ahí que no tengan empacho alguno en decirle a la gente lo que creen que la gente espera que le digan. Lo que importa es manipular la cólera, el dolor, la frustración y el temor que dejan los crímenes para que se transformen en votos emitidos a su favor. Y por eso ofrecen mano dura, desquite, penas más severas. Ellos son los vengadores de los indefensos; ellos pondrán a su servicio la violencia del estado; no es que sean autoritarios, por el contrario: lo que prometen es lo que el pueblo les demanda.
El panorama es asustador. No sólo seguirán arrestos y operativos ilegales; no sólo seguirán multiplicándose inútilmente presos y prisiones; no sólo seguirán creciendo las penas y aumentando las facultades de las autoridades, sino que bajo el pretexto de combatir el crimen se le está abriendo la puerta a un nuevo autoritarismo que en un parpadeo puede dar al traste con nuestra débil democracia. El problema, adviértase, no es nuestro en exclusiva: lo han tenido que enfrentar todos los países que superaron un sistema autoritario para iniciar su vida democrática. Y muchos han perdido por eso.
¿Será que de eso se trata, de regresar a los viejos tiempos del PRI, sólo que ahora al amparo de siglas distintas?






