Robo de vehículos
Rafael Ruiz Harrell
Hace exactamente dos semanas, nuestro diario publicó una noticia sorprendente. La nota decía: Joel Ortega, el secretario de Seguridad Pública del DF, precisó que el promedio diario de vehículos robados en la Ciudad de México se ha mantenido en 69.6 unidades, mientras el promedio de recuperación es de 69.2 automóviles.
Se aclara que las cifras ofrecidas comprenden de enero a abril, plazo en el que transcurrieron 120 días. Al multiplicar por esa cifra los promedios ofrecidos, resulta que se robaron 8 mil 352 vehículos y nuestros diligentes y eficaces policías recuperaron 8 mil 304. Después de tantos esfuerzos los ladrones de autos sólo consiguieron llevarse 48 unidades. Según estas cifras, para quedarse con un vehículo tienen que robarse 175.
Si hasta ahí hubiera llegado Ortega no quedaría sino el asombro, mas para su desgracia en seguida aclaró que los vehículos recuperados sumaban mil 178 y destacó, con orgullo, que la cifra representaba un avance de 27.5 por ciento respecto a la meta fijada para este año, de 4 mil 280 automóviles recuperados.
La aclaración cancela la afirmación original: si de enero a abril se recobraron mil 178 vehículos, el promedio diario es de 9.82, no de 69.2, y resulta entonces que la SSP recupera 141 autos de cada mil que se roban y los ladrones se quedan con 859.
Nuevas cifras
Para aumentar el embrollo, la Procuraduría capitalina consigna cifras diferentes. Al decir del diligente y talentoso Bátiz, de enero a abril se robaron 8 mil 94 vehículos en el DF, pero de ellos consiguieron recuperarse 3 mil 314. De cada cien unidades robadas se recobran 40 y se pierden 60.
Sólo que aquí es imprescindible aclarar que en este caso el verbo recuperar es sin duda excesivo, porque se trata de vehículos que la policía encuentra abandonados en alguna calle o en un estacionamiento, pero en la recuperación no media esfuerzo alguno de su parte. La razón es que los vehículos desaparecen por dos motivos. Uno es para venderlos a un tercero o desarmarlos y lucrar con sus partes. En este caso se trata de un auténtico robo. El otro, al que suele llamarse secuestro de auto o robo de uso, se distingue porque quien se lleva el auto no quiere quedarse con él, sino usarlo como medio de transporte, sea para cometer otro delito, sea para irse de vacaciones, y tras de usarlo lo abandona en cualquier lado. Estos últimos son los que recuperan las autoridades.
El robo de uso es más frecuente los fines de semana. Muchos de los autos secuestrados son abandonados el lunes y de ahí que los martes y los miércoles sean los días en los que la policía recupera más unidades.
En el lapso enero-abril, el promedio diario de vehículos encontrados los martes fue de 47; los miércoles de 37. En cambio los sábados sólo descubrieron 13 y los domingos 10.
Eficacia
Cuando estuvo al frente de la administración capitalina, López Obrador declaró en todos y cada uno de sus informes trimestrales, que el robo de vehículos estaba a la baja. Considerando las cifras globales no hay duda de que así fue: en 2001 se reportaron como robados 38 mil 535 vehículos en el DF. Tras de descensos anuales, en 2005 se llegó a 27 mil 394. Este año, a juzgar por los datos de enero a abril, se llegará a más o menos 25 mil 200.
Para juzgar si las autoridades son eficaces o no, es necesario saber, sin embargo, si se trata de robos auténticos o de robos de uso. Y aquí las cuentas ya no son tan alegres: hace seis años el 62 por ciento era robo de uso y el 38 por ciento verdadero robo. En el 2002 se equilibraron al 50 por ciento, pero de entonces a la fecha, el robo auténtico ha venido aumentando en proporción y en número. Es decir: ha disminuido el robo de uso, pero no el robo auténtico de vehículos. De los autos reportados como robados en 2001, 15 mil desaparecieron para siempre. El año pasado se encontraron en esa situación 18 mil 76. En cambio el robo de uso bajó de 23 mil 327 en 2001 a 9 mil 318 el año pasado. Los autos que desaparecen son cada vez más. Los que encuentran son cada vez menos. Por variar los logros que presumen son falsos.
Publicado en La Ciudad y el Crimen del periódico Reforma el lunes 5 de junio de 2006.






