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Voces, silencio y lágrimas

Luis de la Barreda Solórzano

ES POSIBLE QUE se imiten voces —hay recursos tecnológicos y espléndidos imitadores de voz— y se falsee una conversación telefónica, así como se pueden trucar fotografías y filmaciones. La cuestión es susceptible de dilucidarse con un peritaje. En todo caso, que en una plática absolutamente privada se haga referencia a alguien llamándole vieja cabrona —o pinche güey— es más o menos común. Antiguamente se expresaban así sólo hombres; cada vez más ocurre en diálogos de hombre y mujer o de mujeres entre sí. Desde luego, esas expresiones no son elegantes ni finas pero tampoco constituyen injuria pues necesariamente el injuriador se dirige al injuriado haciéndose escuchar, ver o leer por éste con ánimo de ofenderlo con sus palabras, sus dibujos, sus gestos o sus ademanes. La charla telefónica sostenida supuestamente entre Mario Marín, gobernador de Puebla, y el empresario Kamel Nacif, no es un ejemplo de elegancia espiritual pero no pasa de ser un intercambio de comentarios desastrados sobre un asunto penal y el anuncio de un regalo de dos botellas de coñac —que el mandatario debió rechazar pues parecía un premio por la acción punitiva ejercitada en los términos deseados por el empresario—. Lo importante en el caso de la periodista Lydia Cacho son otras cosas: si la inculpada en su libro incurre en difamación o calumnia, o por el contrario el contenido de la obra respeta los límites que la ley suprema impone a la libertad de expresión; si es razonable la aplicación extraterritorial del código penal poblano, pues el libro no se publicó en Puebla, y, quizá lo de mayor interés, si el Ministerio Público actuó con rigor jurídico o siguió dócilmente instrucciones del gobernador. Esto último vuelve a llamar la atención sobre lo funesto que para la procuración de justicia resulta que el órgano de la acusación dependa del titular del poder ejecutivo. El ius puniendi —función estatal muy grave y delicadísima— no debiera jamás ejercerse, o dejar de ejercerse, por satisfacer intereses políticos, amiguismos, afanes revanchistas, caprichos u obsesiones. No conozco el libro de Lydia Cacho, pero columnistas respetables sostienen que en sus páginas no hay ilícito alguno sino una seria investigación periodística. La gran paradoja del caso es que el empresario que se querelló contra la periodista porque consideró que ésta estaba afectando su reputación, lo que ha logrado hasta ahora con su querella es una pésima fama pública derivada no sólo del apoyo que se le atribuye haber brindado a un presunto pederasta y de haber acusado a una periodista, sino, incluso, de dirigirse al gobernador llamándole mi gober precioso, denominación con la que su gusto estético queda en entredicho. El capítulo del telefonema, más grotesco que relevante, dio sin embargo para reacciones de toda índole, entre las que destaca una sumamente demagógica e ignara: Andrés Manuel López Obrador demandó que el presidente Fox pida la intervención de la Corte. ¿Cuál sería el fundamento jurídico de tal petición?

AUNQUE LA FUNDAMENTACIÓN y la motivación en que debe basarse todo acto de autoridad pueden realizarse retorcidamente, sin criterio jurídico ni noción del ridículo en que se está incurriendo. Pretender la clausura del hotel María Isabel Sheraton porque el restaurante no contaba con menú en braille es algo que hubiera encantado a André Breton, padre del surrealismo. La absurda expulsión de cubanos allí alojados ameritaba una sanción a la empresa precisamente por ese motivo, y exigía una firme e inmediata nota diplomática de protesta del gobierno mexicano. En lugar de esas respuestas dignas y absolutamente apegadas a la ley, lo que hubo fue un silencio indecoroso del responsable de nuestra política exterior así como una reacción irrisoria y atrabiliaria del gobierno del Distrito Federal.

EL DISTRITO FEDERAL presenta contrastes dramáticos para quienes eligen vivir aquí. Ofrece opciones innumerables de servicios, paseos, restaurantes, museos, espectáculos deportivos, cine, teatro, lugares de interés histórico, joyas arquitectónicas, gente de todas partes, hospitales de alta categoría, magníficas escuelas de todos los niveles; pero presenta también calamidades sociales que lesionan la calidad de vida de todos los habitantes, ninguna de ellas tan destructiva y segadora de sueños como la criminalidad. Con insensibilidad las autoridades pregonan que han logrado abatirla, pero nueve de cada diez capitalinos se sienten inseguros. En ninguna otra entidad ocurren tantos secuestros. Hace unos días apareció el cadáver de un joven médico que llegó a especializarse, lleno de ilusiones y de vida. Esas ilusiones y esa vida fueron aniquiladas por sus secuestradores luego de cobrar el rescate. En el momento en que casos como éstos dejaran de conmovernos e indignarnos, la batalla contra la inseguridad estaría perdida. Son pocas las ciudades del mundo donde el secuestro presenta cifras tan altas. Esta situación no es una fatalidad irrevocable. Lo que debe ser irrevocable es nuestra voluntad y nuestra exigencia de recuperar la seguridad que nos fue arrebatada.

 

Artículo publicado en La Crónica de Hoy del lunes 17 de febrero de 2006.

 

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