Avances contra el crimen
Rafael Ruiz Harrell
En los últimos doscientos y tantos años ha cambiado casi todo en el mundo. Si se considera desde unas décadas antes de que el cura Hidalgo diera el grito de Independencia, el universo en que vivimos es distinto. ¿Quién hubiera imaginado en 1800 la televisión, los teléfonos celulares, los telescopios girando en el espacio, los adelantos médicos, la energía atómica, los aviones, los autos o los barcos de hoy en día? No hay duda: los adelantos técnicos son sorprendentes, pero ¿habrá sucedido algo semejante en cosas más modestas como, digamos, la lucha contra la delincuencia? ¿Hemos mejorado algo en eso?
A finales del siglo XVII, poco antes de que estallara la Revolución Francesa -y luego largos años después en el siglo XVIII-, se tenía una explicación sencillísima del crimen: era algo que hacían los desocupados, las prostitutas, los vagabundos, los ladronzuelos, los pobres sin oficio ni beneficio. Incluso había una expresión para designarlos: eran "las clases peligrosas". Víctor Hugo intentó defenderlos en "Los Miserables"; Charles Dickens los hizo parte inolvidable del panorama de Londres; Honorato de Balzac los condenó desde siempre como una amenaza al orden social y Eugenio Sue en "Los Misterios de París" hizo héroes de asesinos, asaltantes y cortesanas.
Todos eran ratas de los barrios bajos. Vivían en pocilgas hacinadas y miserables en las que privaban el desorden, la suciedad y la inmoralidad. No tenían trabajo y nunca lo habían buscado. Rezagados por el crecimiento de las sociedades modernas eran parias morales que debían ser contenidos por la prisión y por la fuerza. Y a eso se reducía la estrategia en su contra: bodegas con rejas para almacenar a los miembros de las clases peligrosas, y policías dotadas de una enorme discrecionalidad para que hicieran con ellos lo que estimaran conveniente. Y ya se sabe qué pasó: lo que empezó como un movimiento humanitario -la prisión-, acabó como un instrumento de tortura masivo y destructivo en el que los desempleados pasaban días sin fin. El punto clave, sin embargo, era el gueto en el que vivían; la torcida y complicada vecindad en donde se escondían, cuando no estaban robando, hiriendo o engañando a la gente de bien en bares, prostíbulos, teatrillos de mala muerte y oscuros callejones. Si las autoridades tenían algún blanco favorito era ese. El ideal era lanzar a las fuerzas del orden a tomar la pocilga a golpes y a la fuerza, deteniendo a cuantos se pudiera en redadas lucidoras; llevarlos a prisión sin perder tiempo en acusarlos de nada y en seguida destruir, a fuego o como fuera, los laberintos, las escaleras y los cuartuchos en que vivían las clases peligrosas. Sólo así, con la vecindad destruida y sus moradores tras las rejas podía ponérsele término a la delincuencia.
Realidades
Ni lo invento ni lo digo de oídas: entre el 1750 y, digamos, el 1840, hay en Europa una literatura vastísima contra las clases peligrosas y las técnicas para controlarlas. Con muy contadas excepciones, no había gobernante ni estudioso de la criminalidad que no explicara de la misma manera la delincuencia urbana. Todos estaban en lo mismo y si el fervor en contra de las clases peligrosas empezó a menguar a fines del XIX y principios del XX, fue porque los gobiernos encontraron una manera más útil de emplearlos que tenerlos en prisión: enviarlos a la guerra. Las dos guerras mundiales despoblaron las prisiones y no fue sino hasta 1975, por dar una fecha aproximada, cuando el número de los reos volvió a crecer.
El crecimiento tuvo la misma causa, sólo que ahora con un ligero cambio: las clases peligrosas -o cuando menos eso es lo que se dice-, forman parte ya del crimen organizado y aunque siguen vinculadas a la prostitución en gran escala, los deshechos atómicos y el tráfico de seres humanos, ahora el grueso del negocio está formado por el narcotráfico. Sólo que -esto es lo curioso-, siguen siendo los mismos: son los sin trabajo, los vagos, las cortesanas, los gatilleros, los que carecen de oficio y de beneficio. En doscientos años las clases peligrosas cambiaron ligeramente de giro, pero siguen siendo las mismas y siguen viviendo en los mismos enclaves. La estrategia en su contra -doscientos años después-, sigue igual: ahora se trata de expropiar sus vecindades y destruirlas. Ya tenemos una sonda en Marte, pero en relación al crimen nuestras autoridades no llegan todavía ni a la Independencia.
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Publicado en La Ciudad y el Crimen del periódico Reforma el lunes 25 de Junio de 2007






