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Ciudades sin control

Rafael Ruiz Harrell

Las noticias que nos llegan regularmente de las dos ciudades más grandes de Brasil son aterradoras. No hace cuatro meses el PCC, o sea el Primer Comando de la Capital, que opera en Sao Paulo, desató una serie de motines carcelarios y ataques a comisarías y edificios públicos que duraron cinco días y en los cuales murieron 277 personas.

De ellas 91 eran policías, y muchos murieron incinerados en los camiones quemados por el PCC. El líder del grupo, Marcos Williams Herba Camacho, uno de los principales capos de la droga en Sao Paulo, dirige la violencia desde prisión por su celular.

Río de Janeiro vive también una violencia extrema. Aparte de los homicidios diarios, el crimen organizado hace de las suyas. Sólo en vísperas de la pasada Navidad hubo un enfrentamiento entre varias bandas armadas y la policía que dejó un saldo de 25 muertos y 30 heridos. Al igual que en Sao Paulo, hay ciudades perdidas o "favelas" a las que el ejército no se atreve a entrar porque el saldo sería muy sangriento. Las medidas de seguridad que se están tomando para los próximos Juegos Panamericanos, son en todo semejantes a las de un país en guerra.

El homicidio

En las dos ciudades están subiendo todos los delitos, no sólo los vinculados al tráfico de drogas. Quizá el más revelador sea el homicidio doloso, o sea el de las muertes causadas de manera deliberada, intencionalmente.

En 2005 se registró en México una tasa de 11.1 homicidios dolosos por cada cien mil personas. El estado más violento de la República, en ese año Oaxaca, alcanzó una tasa de 34.7 por cien mil personas. El DF se contentó con un modesto 5.4. Las cifras que apunto son confiables porque provienen de la Secretaría de Salud -no de las procuradurías-, y son coherentes con las series que ha venido difundiendo desde 1975.

Pues bien, frente al 5.4 de nuestra ciudad capital, Río de Janeiro alcanzó en 2005 una tasa de 43.2 homicidios por cien mil, ocho veces mayor que la nuestra. Sao Paulo, que llegó en 2001 a una tasa de 70.3 asesinatos por cada cien mil habitantes, vio disminuir este tipo de violencia en los dos años siguientes, pero en 2004 se inició un repunte que concluyó en 2005 en una tasa de 71.3 homicidios dolosos por cada cien mil personas, o sea más de trece veces mayor que la del DF.

No está de más advertir que los datos de las ciudades brasileñas son de la Secretaría de Seguridad Pública de ese país (www.mj.gov.br/senasp/).

Una nota marginal: las ciudades o los países que llegan a superar los 50 homicidios deliberados por cien mil personas, casi siempre están en guerra o padeciendo la polarización de un descontrol interno que equivale, así no sea formal ni declarada, a una guerra intestina en la cual la legitimidad de las instituciones del Estado se encuentra en juego. Así ha ocurrido en El Salvador, en Sudáfrica, en Colombia y en la mayor parte de los países que formaban parte de la URSS.

Moraleja

La situación de Brasil esconde una pregunta y una moraleja. ¿Qué hicieron mal, o qué dejaron de hacer para llegar a esa tragedia? Y lo importante para nosotros: ¿qué podemos aprender de ese desastre?

En un estudio científico, por supuesto, habría que establecer salvedades y señalar excepciones, pero aquí, hablando en bruto, el error brasileño se reduce a una necedad: la de creer que el crimen se controla por medios represivos. Han apostado todo a policías y a cárceles. La policía paulista, a la que conozco de cerca, tiene una eficacia y una rapidez de respuesta que la SSP del DF vería como un sueño. Y son tan eficaces que de 1995 al 2005 el número de personas presas en Sao Paulo creció 2.35 veces al pasar de 69 mil 26 reos a 138 mil 650.

En todo Brasil los presos crecieron más: de 148 mil 760 en 1995, llegaron a 361 mil 402 en 2005. Se multiplicaron por 2.43.

Publicado en La ciudad y el crimen del periódico Reforma el 22 enero de 2007

 

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