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Descubrimiento y pregunta

¿Sabía usted que en los lugares en los que es más alta la proporción de viviendas con piso de tierra son también más elevadas las tasas por persona de homicidios dolosos, intencionales? Contrariando lo que sucede en los países industrializados, donde los homicidios de mala fe son más numerosos en las grandes áreas urbanas -por supuesto en relación a los habitantes-, en nuestro país y probablemente en muchos más de América Latina, hay más asesinatos por persona donde las viviendas con piso de tierra son más frecuentes, o sea en las zonas rurales más pobres y atrasadas.

El camino que recorrí para llegar a esta conclusión fue curioso. Educado en libros con datos de países que viven en una etapa de desarrollo distinta a la nuestra, durante varios años di por supuesto que la distribución de la delincuencia debía seguir aquí una ruta semejante. Si las tasas delictivas por habitante eran allá más pequeñas en las zonas rurales poco pobladas y empezaban a crecer a la vez que la concentración de pobladores, era muy probable que aquí ocurriera lo mismo.

Aunque la hipótesis me parecía razonable, durante varios años me quedé con las ganas de poder confirmarla porque, así los haya, no pude conseguir datos a nivel municipal de los delitos más usuales. No fue sino hasta hace alrededor de año y medio que la fortuna me sonrió: un amigo me dio una copia de las estadísticas que lleva la Secretaría de Salud en materia de homicidios dolosos. Contenía los datos de los asesinatos registrados en cada municipio de nuestro país de 1975 a 2003. Así sólo se tratara de un delito y la distribución pudiera resultar distinta al considerar otro tipo de crímenes -como el robo- tenía ya con qué empezar.

Tras de varios ensayos y con el fin de poder tomar en cuenta los datos censales y al mayor número posible de municipios, decidí partir de la media aritmética de dos grupos de cinco años: 1988-1992 y 1998-2002. No incluí al quinquenio 1978-1982, así tuviera la información delictiva correspondiente, porque el Censo de 1980 es inexistente. La primera tarea, obviamente, fue obtener las tasas de homicidios dolosos por cien mil habitantes para cada uno de los 2 mil 386 municipios considerados y, en seguida, agruparlos en orden ascendente dado el número de sus pobladores. Surgió ahí la primera sorpresa. La distribución aquí es distinta a la de los países industrializados. En ellos las tasas de homicidio acompañan al aumento poblacional, de tal manera que donde hay pocos habitantes la tasa es reducida y donde son muchos la tasa se multiplica. Allá más población resulta en más homicidios por persona. Aquí es a la inversa: las zonas rurales son más letalmente peligrosas que los grandes centros urbanos. Los asesinatos en México no responden a las mismas causas que en EU y la Unión Europea.

Asombrado por el descubrimiento, me di a la tarea de precisar los factores que podrían acompañarlo. Consideré a este fin todos los datos que me ofrecía la información censal de 1990 y 2000. El lector ya sabe el resultado: la correlación más elevada y significativa se dio entre los pisos de tierra y el homicidio doloso. La segunda fue entre ese crimen y la ausencia de energía eléctrica.

La explicación no está muy distante. Sabemos que todo avance importante en la civilización ha resultado en una disminución del homicidio doloso y en un aumento en el número de suicidios. Vivir en una casa con piso de tierra es vivir en la prehistoria: sus moradores nunca pueden estar limpios y no es mucho lo que los distingue de los animales. Su vida es ruda y sus reacciones también. La violencia es parte de su experiencia cotidiana. Al dotar sus viviendas con un piso de cemento, suben en su humanidad y empiezan a favorecer maneras no violentas de entenderse. Dan, aun sin saberlo, un paso hacia la civilización que, entre otras cosas, termina reduciendo los homicidios con dolo.

Aunque mis descubrimientos me parecían importantes y llegué a comentar los con varios amigos, decidí no difundirlos públicamente sino hasta que pudiera hacerlo en un libro. Mis amigos, sin embargo, los comentaron entusiasmados con otros y llegó a suceder, así, que uno de los criminólogos más serios de nuestro país, Guillermo Zepeda Lecuona, decidió comprobar por su cuenta la veracidad de mis afirmaciones. Para sus cálculos empleó datos de las procuradurías locales e hizo la correlación con las viviendas a nivel estatal, no municipal, pero confirmó en todo mis hallazgos.

Aunque la información analizada hasta ahora no baste y sean necesarios estudios a nivel vivienda y análisis longitudinales más completos -el Censo de 2010 permitirá hacerlo-, los resultados obtenidos lucen tan prometedores que justifican una pregunta: ¿por qué las autoridades no investigan más detalladamente la hipótesis y determinan si puede dar origen o no a una política pública? Si en un municipio con altos índices de homicidio y una elevada proporción de viviendas con pisos de tierra, se dota a las segundas con firmes de cemento y los asesinatos disminuyen decisivamente, quizá descubramos un instrumento para lograr que los mexicanos más pobres y desamparados se maten menos entre sí. ¿Habrá mejor razón para intentarlo?

 

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