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El juicio oral

Rafael Ruiz Harrell

En obediencia a la moda estadounidense, cada vez hay más gente dispuesta a creer que el proceso judicial ha de ser, en México, igual al de EU, y a defender la idea de que si no lo es, deberíamos procurar que lo fuera. La noción de que debemos avanzar hacia el juicio oral está más difundida de lo que podría suponerse y tiene firme arraigo entre los jóvenes. Al decirles que no, que en nuestro país los tribunales penales no son salas recubiertas de madera; que en ellos no hay ni jueces togados ni jurados, y que el proceso no consiste en que el fiscal y la defensa interroguen públicamente a testigos y peritos, sufren una profunda decepción.

Lo que más parece inquietarles es la ausencia de un jurado y que todo dependa del juez. Algunos protestan diciendo que de esa manera el veredicto no llega nunca a ser objetivo ni justo. Otros creen descubrir ahí la causa de innumerables corrupciones y, casi todos, preguntan qué se está haciendo para poner bien las cosas, es decir, para que nuestra "justicia" se asemeje a la que muestra el cine estadounidense, haya un jurado y todo se resuelva verbalmente.

Aunque he dado muchas charlas y he explicado el problema en numerosas ocasiones, creo que, hasta ahora, nunca he logrado convencerlos cabalmente de que aun estando muy mal nuestro sistema judicial, no es copiando el de Estados Unidos como lograremos mejorarlo, sobre todo porque el suyo es, de origen, peor que el nuestro. Apunto las razones más importantes.

Culpa

Lo primero que ha de aclararse es que los tribunales penales estadounidenses están diseñados -como todos los sistemas de esta naturaleza-, para encontrar culpable al acusado. La propaganda podrá decir lo contrario, mas las cifras disponibles revelan otra cosa: excluyendo los delitos menores -prostitución, vagancia, embriaguez, etc.-, y aquellos en los cuales la fiscalía decide no ejercer la acción penal, en Estados Unidos son declarados culpables entre el 94 y el 97 por ciento de los acusados. En 1995 fueron el 95.8

Nuestro sistema es en esto menos eficaz: de 2000 a 2005 recibieron sentencia condenatoria el 84.8 por ciento de los presuntos responsables sometidos a juicio en el Distrito Federal. Tal dureza es reciente, ya que de 1940 a 1980 los condenados sólo representaron, en promedio, el 63.9 por ciento.

Es decir: los juicios penales realizados en México encuentran inocente a una persona de cada siete. En Estados Unidos sólo a una de cada veinticuatro.

El regateo

Ante tan abrumadora presunción de culpabilidad, y el hecho de que llegar a ser declarado inocente sea tardado, difícil y costoso, el sistema yankee ha terminado por dar origen a una absurda institución: el regateo. El hecho es que al acusado le ofrecen de entrada dos opciones: declararse culpable o inocente.

Lo importante no es si cometió o no el delito, sino cómo se declara, y todo está diseñado para conseguir que se confiese culpable. Hacerlo tiene varias ventajas para el acusado.

La primera es que no tiene que declararse culpable del delito que se le imputa. Puede hacerlo por uno menor y recibir una sanción menos severa.

La segunda es que jueces y abogados, sobre todo los defensores de oficio, ven con disgusto a quien se declara inocente, ya que si lo hace habrá que llegar a juicio -lo que implica más trabajo y más costos.

Revela el punto que año con año declaran culpables en Estados Unidos entre el 80 el 90 por ciento de los acusados. En 2004 fueron el 86.2 por ciento.

El jurado

Sólo el 13.8 por ciento de los acusados se atrevió a correr la suerte de declararse inocente y llegó a juicio, mas una tercera parte sólo exigió la intervención del juez, así que únicamente el 8.9 por ciento tuvo juicio con jurado. Se trata, pues, de algo excepcional.

El juicio con jurado, por otra parte, dista mucho de ser objetivo e imparcial. Cuando México adoptó ese sistema, como lo hizo entre 1869 y 1917, los juicios se convirtieron en concursos de oratoria, ya que el jurado solía inclinarse a favor del abogado más brillante y emotivo, no del que hubiera presentado los más sólidos argumentos.

En Estados Unidos, de una u otra manera, sigue ocurriendo lo mismo, al menos en el sentido de que los prejuicios de los jurados deciden el veredicto final, como sucedió en el caso de O.J.Simpson.

Debe señalarse, por último, que el juicio por jurado no representa garantía alguna para el acusado, ya que suelen encontrar culpables entre el 75 el 85 por ciento de los acusados. En 2004, por ejemplo, el veredicto fue desfavorable en el 83.2 por ciento de los casos juzgados de esta manera.

Los juicios verbales tienen, sin duda algunas ventajas: se llega más rápidamente a la sentencia, el juez está presente en todo el juicio -hoy sólo está el secretario del juzgado-, y hay muchos problemas que pueden resolverse de inmediato, pero esto no quiere decir que el proceso sea más justo.

Como el juicio es verbal, hay puntos que no quedan suficientemente probados.

Los estudios que se han hecho revelan, además, que la presencia del acusado y la víctima conduce a sentencias más emotivas y menos justas. En lugar de copiar lo que se hace en EU, es mejor crear un sistema judicial que responda a nuestras necesidades.

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Publicado en La Ciudad y el Crimen del periódico Reforma el 2 de julio de 2007

 

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