El miedo de la policía
Rafael Ruiz Harrell
Cada vez son más los estudios y análisis que confirman la idea de que la política penológica adoptada por un Estado es totalmente independiente, o poco menos, del monto y violencia de la criminalidad registrada. Con la expresión "política penológica" me refiero al monto de la penas, la facilidad con que se imponen, y si hay o no una coactividad específica que prefiera a ciertos sectores -como los pobres, los desempleados, los que vivan en ciertas zonas, etc.-, y otros aspectos propios de la sanción penal. Lo que interesa tener presente es que la delincuencia puede subir o bajar, incluso de manera significativa, y la política penológica puede no mostrar reacción alguna ya que baja o sube según otros factores, los que controlan su desenvolvimiento.
Uno de tales factores, y de los más decisivos, es el temor público. La delincuencia puede no estar creciendo, incluso puede estar disminuyendo, pero si de pronto llega a los medios algún crimen especialmente cruel -digamos un secuestro o un homicidio con tortura-, la voz pública reclamará exigiendo que se le pongan fin a sucesos de esa índole y se tomen las medidas necesarias para evitarlos en el futuro. La medida que adoptan las autoridades es siempre la misma: subir el monto de las sanciones que se aplican a ese tipo de delito. No importa que las penas ya estén en niveles irracionales.
Otro factor tanto o más influyente, que por desgracia ha sido considerado muy poco, es el temor de las fuerzas policíacas. Sí: hablo del miedo que los propios agentes del orden sienten hacia el crimen o ciertas expresiones del crimen, y me refiero sobre todo al temor que surge cuando sienten que no las tienen todas consigo y algo se les escapa del control de esos actos delictivos. La inseguridad, en este caso de sus propias fuerzas, es la que produce el miedo y resulta determinante de endurecimientos en la política penológica. El método es más barato y sencillo que corregir los problemas y limitaciones de las fuerzas policíacas, pero también es notoriamente menos eficaz.
Japón: un ejemplo
Aunque sin buscar mucho nuestro país nos puede dar varias docenas de ejemplos, hay uno a nivel nacional que conviene examinar: el de Japón.
Ya he relatado varias veces en esta columna, cómo al término de la II Guerra Mundial, en 1946, el país estaba destruido y las instituciones oficiales no funcionaban. El crimen organizado, la Yakuza, que había seguido trabajando por abajo del agua, extendió sus funciones y se ocupó de la distribución de medicinas, de comida racionada y poco después de los hogares y los empleos. Cuando el gobierno quiso volver por sus fueros no le jmquedó más remedio que buscar un acuerdo. Éste fue muy simple: la Yakuza seguiría teniendo el control de sus tres negocios centrales -prostitución, juego, droga-, y auxiliaría a la policía en el combate a los delitos del orden común. El resultado fue que los índices de criminalidad fueron muy bajos -los más bajos de todos los países industrializados-, y una política penológica extraordinariamente amable en el que privaban las multas, las penas cortas y los trabajos a la comunidad.
Aunque desde un punto de mira policial la situación era un edén, es claro que el gobierno no podía tolerar la existencia de otro gobierno en su interior y a partir de los 70s inició una campaña para deshacerse de la Yakuza. En los 80s los roces aumentaron y en los 90s la Yakuza adoptó una posición más tradicional, es decir, dejó de auxiliar a la policía y de manejar sus asuntos a la luz del día. El resultado fue que la Yakuza sigue existiendo -e igual de poderosa que en las décadas anteriores-, pero la policía japonesa perdió su principal auxiliar en la lucha contra el crimen.
La reacción
Al sentir que no tenía el control de la criminalidad como en tiempos anteriores, la policía se atemorizó e hizo dos cosas. Una fue pedir que las penas aumentaran. Con las que había era imposible, decía, controlar a los delincuentes. La otra fue anunciar falsos y sorprendentes aumentos en el crimen -en ocasiones de cien por ciento en cinco años-, que no están apoyados por la cifras, es decir: no ha habido tales crecimientos en el crimen.
Japón ha aumentado sus penas de manera desmedida en los últimos quince años. También ha visto crecer sus cárceles hasta alcanzar la sobrepoblación. En esto el monto del crimen no ha jugado papel alguno. El temor de la policía, sí.
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Publicado en La ciudad y el crimen del periódico Reforma el lunes 3 de diciembre de 2007.






