La evolución de la pena
Rafael Ruiz Harrell
En la antigüedad también tuvo su historia, pero quiero ocuparme aquí de la evolución de la sanción penal en la época moderna, o sea a partir del siglo XVIII, cuando era un verdadero caos.
No uso la palabra a la ligera: las leyes eran una colección desordenada y contradictoria de decretos que le permitían al juez mantener a una persona en prisión por tiempo indefinido; juzgarlo, si quería; ponerle la sanción que le viniera en gana y después cambiarla a capricho.
La arbitrariedad llegaba a tales extremos que era posible encarcelar a una persona por un hecho inocente y promulgar días después la ley que le daba al hecho carácter delictivo.
La ley era risible porque en circunstancia que nos es familiar, casi todo dependía del dinero y las influencias.
La injusticia, el desorden y la inseguridad eran a tal grado intolerables que los hombres más talentosos de esos tiempos, como Voltaire y Rousseau, demandaban cambios inmediatos.
El texto que concentró todos estos anhelos fue "De los delitos y las penas", del marqués de Beccaria, un librito que habría de cambiar la concepción de la justicia penal e iniciar la primera etapa moderna de la sanción.
El tiempo de los códigos
La noción básica fue poner orden en las leyes y la primera mitad del siglo XIX fue el tiempo de los grandes códigos.
Se legisló en todas las materias. Se elaboraron códigos penales, mercantiles, civiles, fiscales, procesales. Se intentó conseguir que no hubiera conducta que no estuviera reglamentada y que no hubiera lagunas de derecho.
El ideal era que todo estuviera permitido o prohibido de manera expresa y existiera como obligación o como derecho. Todo delito estaba descrito y sancionado de antemano. Se reconocían y respetaban garantías y, al aplicar a todos la misma ley, se alentaban igualdades y se humanizaba al criminal al otorgarle carácter racional.
Las clases peligrosas
El esquema encontró un obstáculo imprevisible: llegó la revolución industrial, o si se prefiere las revoluciones industriales y laborales, y las máquinas de vapor y los grandes telares dejaron desocupada a parte importante de la población en las grandes urbes.
Carteristas, vagos, prostitutas, ladrones, asaltantes violentos, mendigos, borrachos y toda clase de maleantes infestaron las calles de París y Londres.
Sólo había un medio para poner en orden a las clases peligrosas: aplicar el orden jurídico tan cuidadosamente construido en el medio siglo anterior.
Se inauguró así una nueva época, la de la administración y procuración de justicia; la de la aplicación estricta de la letra de la ley. Crecieron cárceles y menudearon multas; se uso con frecuencia la pena de muerte y se erigieron prisiones en ultramar.
Con todo, y a no ser por casos irremediables, se siguió creyendo que los delincuentes tenían una chispa humana y eran rehabilitables. La etapa no duró gran cosa: en 1914 los gobiernos descubrieron que los reos les eran más útiles en las trincheras que en las cárceles y aplicar la ley perdió vigor.
Nada sirve
No fue sino a fines de los cuarentas, ahora del siglo XX, cuando la situación delictiva volvió a estabilizarse, sólo que lo hizo en unas proporciones totalmente desconocidas cincuenta años antes.
Las ciudades se habían decuplicado; la delincuencia también, sobre todo en su violencia.
Los criminales de principios de siglo parecían mansas ovejas en comparación con las bandas armadas que se enfrentaban de tú a tú con la policía; el crimen organizado dejó de ser un mito cinematográfico para convertirse en realidad cotidiana.
Las cárceles volvieron a colmarse, ahora más allá de su capacidad, y al mediar los setentas se llegó a un diagnóstico pesimista que sigue teniendo un triste peso: nada sirve.
Tanto da la cárcel como la pena de muerte; las penas altas como los castigos severos: el crimen no tiene cura ni remedio.
La industria
Con la esperanza se perdió la tenue capa moral que justificaba luchar contra el crimen y desde entonces estamos elaborando una industria.
Las prisiones y las penas no son medios de regeneración, sino instrumentos de explotación. Es irrelevante que el crimen disminuya, lo importante es que haya reos y familias que explotar; vecindades y predios que expropiar; nuevas cárceles que construir.
No se trata de tener menos crímenes, sino de tener más presos. La crueldad y la sangre ya no están en los delincuentes, sino en las autoridades que manejan la industria. Ellas son ahora el enemigo.
---------------
Artículo publicado en La Ciudad y el Crimen del periódico Reforma el lunes, 16 de julio de 2007.







