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La industria del crimen

Rafael Ruiz Harrell

Todas las industrias responden a un propósito semejante: elaborar un producto y obtener de él todas las ganancias posibles. La industria del crimen -o como suele decirse sin temor a la mentira: la industria de la seguridad pública-, no difiere de las anteriores, pero tiene características que le otorgan características especiales.

Quizá la más extraña sea que hay una gran confusión en el producto. Años y toneladas de propaganda, han llevado a la gente a creer que el propósito de la industria del crimen es reducir la delincuencia. No es así: su propósito fundamental es producir presos. La criminalidad no tiene importancia sino como materia prima elemental: es necesario que haya delitos para que haya criminales, que es el material del que se producen los presos. Contra lo que se cree, el proceso productivo corre en el sentido contrario a lo que se dice: hay que alentar la delincuencia para que haya criminales y, así, sea posible producir presos que es donde está la ganancia del negocio.

El dinero

El crimen podrá ser frecuente y extraordinariamente molesto, pero no deja grandes ganancias. Hay una excepción: el crimen organizado y de ahí que policías y autoridades pongan tanto empeño en combatirlo. Les resulta muy ingrato que les estén mermando sus ingresos. Fuera de este caso, la delincuencia del orden común tiene muy escasa importancia económica. Haga cuentas: en los últimos años las procuradurías de la República han reconocido entre un millón 400 mil y un millón y medio de delitos. De ellos la tercera parte son robos, el millón restante está formado por lesiones, daños en propiedad ajena, delitos sexuales, amenazas, homicidios y otros delitos menores.

En el medio millón de robos de que se habla, se consideran los robos de todos los tipos, desde el robo a transeúnte y a casa habitación hasta el robo de automóvil. Este último es el más frecuente y el más oneroso, pero aun así no hay que dejarse confundir: hay bandas organizadas que sin duda obtienen ganancias importantes, pero no hay que olvidar que entre el 50 y el 60 por ciento no son propiamente robos de auto, sino secuestro de vehículo o robo de uso, es decir, se trata de robos momentáneos porque los coches terminan abandonados uno o dos días después en una calle o un estacionamiento. Y el robo no representa grandes ganancias para el ladrón: un auto de lujo, un Mercedes o un VMW representa entre 500 y mil pesos para quien se lo robó físicamente -quienes los venden en el extranjero, en otras entidades o los desarman para venderlos por partes, ganan un poco más, pero no lo suficiente como para asegurar una industria multimillonaria. El narco, ya lo sabemos, es un crimen transnacional y responde a otras circunstancias.

Las ganancias

La gente se equivoca cuando cree que los ladrones son los que se benefician del crimen. Sí, ganan algo, pero nada que se compare a los 14 mil millones de pesos que el gobierno capitalino invierte anualmente en esta industria. El negocio no está en el crimen ni está en los criminales: está en perseguir a los delincuentes para transformarlos en presos.

Si el propósito de tan sórdida industria fuera acabar con el crimen, tiempo ha que tendríamos cifras ridículas. La prueba, e irrefutable, de que se trata de producir presos está en los propios datos oficiales. En 2002 había en las cárceles capitalinas 20 mil 673 reos. El 31 de julio pasado, llegamos a 33 mil 979, un aumento del 164.3 por ciento. Y es ahí donde está el meollo del asunto porque mientras más presos, más ganancias.

Una cárcel bien "trabajada" puede dejarle a sus directores y custodios cien millones de pesos por mes, o un poco más si se emplea mano dura. La razón es que hay un público cautivo, sin derechos de ningún tipo, que tiene que pagar por todo: por la comida que les pasan, el agua para beber y para bañarse, las visitas familiares y conyugales, las exenciones de las fajinas más duras, las colas que hacen sus familiares para visitarlos, las reuniones con los abogados -cuando los tienen-, las copias de las actas que oficialmente son gratuitas y cuando hay.

Terminemos con el engaño: el negocio del crimen no está en el crimen, está en producir presos. Mientras más llenas están las cárceles -a reventar es lo óptimo-, mejor va la industria y más son las ganancias que deja. Estando así las cosas ¿a quien le va interesar reducir el crimen o aumentar la seguridad pública?

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Publicado en La Ciudad y el Crimen del periódico Reforma el lunes 10 de septiembre de 2007

 

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