¿Para qué?
Rafael Ruiz Harrell
Si tiene algún amigo en la Procuraduría o en la policía judicial, un día que las cosas estén bien en paz pregúntele para qué persigue delincuentes. En cuatro de cinco casos, va a tomar la pregunta a broma. "¿Cómo que para qué?", dirá "pues si son delincuentes". Ahí es donde puede usted empezar a insistir: "Sí, ya sé que son delincuentes, o cuando menos parece que lo son, pero para qué los persigues. ¿Los persigues nada más porque son delincuentes y ya?".
Después de mirarlo un rato, su amigo le va a decir: "Uuuta, pues no te entiendo ¿qué quieres saber?"." Pues la cosa es muy fácil, mano: si mandamos a nuestro hijos a la escuela es para que aprendan y puedan vivir mejor que nosotros; si los llevamos a vacunar es para que no se enfermen; si empezamos a juntar unos centavitos es para comprarnos un carrito o para irnos de viaje o algo. Siempre hacemos las cosas para algo. Y yo lo que quiero saber es para qué se persigue a los delincuentes".
"¡Ah, ya te entendí, mano! Pues es muy fácil: perseguimos a los delincuentes para acabar con la delincuencia". Dura o suavecita, su respuesta está dada: "No, fíjate que esa no te la creo. Y no te la creo porque siempre han estado persiguiendo delincuentes. En la vida de mi tatarabuelo ya andaban persiguiendo delincuentes y lo único cierto es que cada vez hay más. ¿O tú crees que esté bajando la delincuencia cuando Ebrard pidió la semana pasada que mil patrullas más por año, que cuatro mil cámaras de televisión, que ochocientos policías de proximidad y no sé cuantas cosas más?
Si la delincuencia estuviera bajando, no andarían pidiendo más hombres, más patrullas y más cárceles ¿no crees? Así que eso de perseguir a los delincuentes dizque para lograr que baje la delincuencia es puro cuento y la pregunta sigue pendiente: ¿para qué persiguen delincuentes?".
"¡Jijo, eres tan necio que a veces hay que explicarte las cosas desde el principio!". "Perfecto, eso quiero". "Bueno, mira, los delincuentes son unos desgraciados que le hacen daño otras personas. Les quitan lo que es suyo. Los lastiman. Y es necesario detenerlos y castigarlos para que no lo vuelvan a hacer".
"No me estás diciendo nada nuevo, mano. Ya llegamos otra vez al principio: si los castigamos para que no lo vuelvan a hacer, el método no sirve. Ve cualquier periódico: cuando no es el sesenta es el ochenta de los presos los que reinciden. ¿De qué sirve castigarlos y mandarlos a prisión si salen peor de como entraron?".
El fondo
La pregunta que le estamos planteando a nuestro hipotético amigo policía, se la deberían estar planteando los procuradores, los secretarios de seguridad pública, los gobernantes. Y es que de tiempo atrás, en materia de seguridad pública se han planteado las acciones como un fin en sí mismo. Con ceguera tecnocrática elevan el medio a la categoría de fin y se olvidan del segundo.
Hacen operativos para hacer operativos. Multiplican los arrestos porque su chamba es arrestar gente, sirva o no para nada. Andan con sus tubitos jugando al alcoholímetro, sin tener un solo dato -uno solo-, que les permita afirmar que con eso, además de violar la Constitución, están salvando vidas. Retacan las cárceles y balacean sospechosos sin saber para qué. Total: se malquistan con la población a la que deberían de estar sirviendo y día a día cuentan menos con su confianza.
Sucede todavía algo más grave: como los valores a los que pretende servir la ley no forman parte de su horizonte, se van diluyendo en la conciencia social. Como se persigue al asesino por perseguir al asesino, pero no para reforzar la noción de que nuestra sociedad protege y valúa la vida humana, la idea misma de que la vida humana es valiosa empieza a perder cohesión.
Al no actuar contra el delincuente para reforzar los valores que sustentan la ley, se debilitan las nociones sociales que, a la larga, son mucho más eficaces como medios informales de control de la delincuencia que la propia ley. El muro más sólido y más importante contra la delincuencia es el que integran las creencias sociales.
Cuando éste se desmorona, la ley penal no puede evitar la catástrofe que sigue. Reducir los fines a los medios, considerar lo inmediato y superficial, olvidando lo que está atrás y le da sentido y justificación a las acciones, es concentrar hombres y armas en el portón central y dejarle la puerta trasera franca al crimen.
Si se olvida los valores, no tiene ni siquiera caso luchar contra el crimen.






