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Restaurar o castigar

Rafael Ruiz Harrell

En el mundo en el que vivimos se cree que una superioridad tecnológica implica, necesariamente, una superioridad humana. ¿Qué pueden enseñarnos lo pueblos iletrados o las tribus pre industrializadas? ¿Qué van a enseñarnos quienes no saben que existen los microbios e ignoran cómo producir electricidad?

Y, no obstante, hay un área en la cual el desenvolvimiento científico y tecnológico viene a ser casi irrelevante: la manera en que nos relacionamos los miembros de una comunidad y los conceptos éticos y jurídicos que manejamos para hacerlo. El respeto hacia el otro y la solidaridad con el vecino no mejoran cuando crece el tamaño de las pantallas televisivas o hay más gente conectada por internet. Depende de lo que se crea de los otros seres humanos.

Uno de los terrenos en los cuales la diferencia es más acusada es el de la criminalidad. ¿Qué hacen las comunidades primitivas con sus delincuentes y qué hacemos nosotros? ¿Cómo enfrentan el problema?

Generalidades

Hay demasiadas diferencias entre las comunidades pre industrializadas de las que se tiene noticia como para pretender reducir su acción ante el crimen a un simple esquema. No obstante, hay ciertos elementos en los que participa la mayoría.

Hay uno que resulta del tamaño y carencias propias de las sociedades a las que no hace mucho se calificaba de primitivas. Como sus números no son muy grandes y la lucha por la sobrevivencia es pesada, resulta contrario al bienestar común desperdiciar la fuerza de trabajo de cualquiera de sus miembros. Esto quiere decir, entre otras cosas, que sería absurdo castigar a quien comete un crimen excluyéndolo de la vida social para condenarlo, digamos, a pasar cierto tiempo en prisión. Con ello no sólo se reduciría la fuerza de trabajo de la comunidad por la persona que está encerrada, sino por el tiempo perdido de quienes lo vigilan y por el hecho de que el grupo tendría que trabajar más para mantener a quienes están siendo improductivos.

La respuesta que se le dé al crimen no puede ser excluyente. Tiene, por fuerza, que abrirle un camino al delincuente para que pague lo que hizo y se reintegre a la comunidad como un miembro productivo. Más que castigarlo, lo importante es diseñar un medio que le permita reparar el daño. Aunque las respuestas de detalle varían, los lapones que viven en las tundras del ártico, los aborígenes que habitan los desiertos de Nueva Zelanda y Australia, los sobrevivientes de las selvas amazónicas y de los hielos canadienses, tanto como las culturas que huyeron a la altura de las sierras para escapar del dominio español en lo que hoy es México, encontraron la misma respuesta: la justicia tiene que ser restauradora. Su función principal es restaurar el tejido social roto por el crimen y permitir que el delincuente y la víctima vuelvan a vivir juntos y en paz de nuevo.

Métodos

Como he dicho, los métodos varían, pero también coinciden en algunos puntos. Uno de ellos es que la comunidad entera participa en el acto en el que se imparte justicia y la decisión final tiene que dejar a todos satisfechos. No se trata de tribunales escondidos junto a las prisiones en las que nadie sabe nunca qué sucede. La justicia es un hecho social tan importante como una elección pública.

Otros puntos de contacto son que el juicio -por llamarlo de alguna manera-, no pierde tiempo en determinar si el acusado fue o no quien cometió el crimen. Esto casi siempre se da por supuesto y es usual que el actor confiese que lo hizo o haya testigos presenciales de su acción. Lo importante no es fijar culpas o responsabilidades, sino promover un acuerdo entre el delincuente y la víctima -o los deudos de la víctima-, que los deje satisfechos y convenza a la comunidad de que realmente se hizo justicia.

Lo importante no es castigar por castigar, por venganza o para prevenir. El propósito es darle una tarea al delincuente, un camino, para que se reintegre a la comunidad y vuelva a ser parte del grupo. Aquí lo excluimos, lo encarcelamos y cerramos las puertas por las que podría regresar. Es un criminal y no tiene remedio. Las comunidades primitivas creen, por el contrario, que es un ser humano y hay que ayudarlo para que vuelva a serlo plenamente.

Una nota: en Escandinavia, Australia, Nueva Zelanda y Canadá, la justicia restauradora tiene más de una década de estar funcionando. Los resultados son magníficos y sorprendentes. ¿No habrá en todo esto una lección que aprender?

 

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