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Una vida sin violencia

Es un hecho que las emociones nublan el entendimiento. La óptica de la emoción puede oscurecer o embellecer la realidad sin alterar su naturaleza, pero también puede voltearlo todo de cabeza y hacer del héroe el villano, enemigo del amigo, transformar un problema menor en catástrofe nacional o lograr que una hecatombe parezca fiesta familiar.

Lo digo porque creo que algo de esto último ocurrió con la recién promulgada Ley General de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. El nombre del nuevo estatuto es la primera pista: ofrecer, sin costo alguno, un boleto de regreso al paraíso original, es tan inútil como la promesa que declara. ¿Es posible llegar a la felicidad por disposición legal? ¿En verdad alguien cree, razonablemente, que basta ordenarlo para que al día siguiente de consagrarlo en el Diario Oficial, ningún hombre golpeará a una mujer (o la inversa)?

Nos lastima y hiere que lleguen a nuestros hospitales niñitas de ojos negros e inmensos, aterradas ante el mundo porque alguien tiene semanas, o meses, de apagar sus cigarrillos en su cuerpo. Nos duele que con ellas lleguen niñitos de meses a los que alguno de sus padres -ella, él, da igual- les cortaron los genitales para que dejaran de llorar.

Aborrecemos estas cosas, ciertamente, pero ¿basta declararlas ilegales para que dejen de existir? El problema de fondo es este: ¿pueden corregirse por ley estos horrores?

Mi pleito -el punto de la litis en lenguaje de abogados-, no está en los fines. Los anhelos que dirigen a la nueva ley me parecen ideales aceptables, pero torcidos por la emoción. Bien está, por ejemplo, que pretenda frenar la violencia dirigida contra mujeres y niñas, pero ¿por qué no la dirigida contra los niños? ¿Es imperdonable que a una niña le cautericen el clítoris, e irrelevante que a un niño le amputen el pene? ¿Los cientos de miles de hombres a los que maltratan y golpean sus mujeres -sí: son muchos más de lo que se supone-, no tienen también derecho a acceder a una vida libre de violencia por el pecado imperdonable de ser hombres?

Sí, me repugna que la nueva ley le otorgue ciegamente a las mujeres el sagrado papel de víctimas y, en sentencia adelantada e inmutable, condene por victimarios a los hombres y, en seguida, jure que busca la igualdad entre los sexos, pero no es ese el punto del problema. La dificultad que me inquieta es estructural. Y el asunto a debate es si por decreto puede cambiarse la estructura de una sociedad.

Aclaro conceptos: la "estructura" de una sociedad no está dada por sus instituciones ni por las leyes que determinan su forma de gobierno, sino por los papeles, por los roles, que desempeñamos nosotros.

En términos prácticos, ser hombre o ser mujer en Sudáfrica o en India, no significa exactamente lo mismo que serlo en Hungría o en México. Hay matices, estilos, obligaciones y privilegios diferentes en cada caso. Cada país, así las diferencias sean de grado, espera cosas distintas de sus mujeres y sus hombres de las que se esperan en el país vecino o en los países del otro lado del océano.

Por supuesto también hay límites: hay cosas que la gente de una nación estima imperdonables que no son tan mal vistas en otra. La estructura de una sociedad está constituida, en consecuencia, por lo que unos esperamos de los otros. Por lo que esperamos del policía, del médico, del funcionario público, del maestro, de la enfermera, de la novia, del amante. La estructura de una sociedad es una red de expectativas que nos permite entendernos gracias a los roles que jugamos.

Sabemos que está mal, moral y humanamente mal, que niñas y niños sean víctimas de crueldades y que la violencia y el machismo formen parte de los papeles que desempeñamos. Queremos que ya no se maltrate a nuestras hijas, nuestras hermanas, nuestras madres -ni a nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros nietos. Sólo que -lleguemos al punto de conflicto- ¿puede superarse esto por ley? ¿Basta desearlo y consagrarlo en un estatuto para que, mágicamente, se convierta en realidad?

Es obvio que no. Para cambiar las expectativas que las mujeres tienen de los hombres y a la inversa no basta con ordenarlo. El problema es más de fondo y, además de costumbres, valores y actitudes, es necesario modificar las circunstancias que siguen atizando la hoguera del problema. Esto demanda mucho más que una ley: exige de una transformación social en todos los órdenes. Quedarse con lo primero y olvidarse de lo segundo es, al menos en este caso, emplear la ley para ofrecerse como salvador de las mujeres sin darles nada a cambio, a no ser saliva.

Las legisladoras que la promulgaron -y quizá a ratos algunos legisladores-, lo hicieron buscando, y nada más, su propio beneficio.

Apresurada; redactada por quienes no aprobaron la primaria; incongruente y contradictoria; nebulosa y ambigua; pretenciosa e inaplicable, la Ley General de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia es un claro ejemplo de cómo responder con mera demagogia a un problema doloroso y real.

La lindura del esfuerzo es doble: por un lado no servirá absolutamente de nada, mas por el otro permitirá dar por resuelto el problema de la violencia en contra de la mujer.

 

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