Violencia letal
Rafael Ruiz Harrell
Hace ya varios años que un grupo importante de criminólogos sostiene que para medir con precisión la violencia letal que vive un país, no basta con tomar en cuenta a los homicidios dolosos que se cometen. Es necesario sumar a ellos los suicidios que ocurren ahí.
El libro que inició esta tendencia fue publicado hace más de diez años, en 1994, por N. Prabha Unnithan y Jay Corzine, y tiene numerosas ventajas. Una de ellas es que a partir de un modelo integrado que comprenda al homicidio y al suicidio, es posible saber con mucha mayor exactitud si la violencia letal está subiendo o bajando en una región o Estado. Otra es que coloca a los países industrializados y a los que están en vías de desarrollo en una situación que resulta menos desfavorable para los segundos.
Internacionales
La comparación con Estados Unidos nos ofrece un claro ejemplo de esto último. Desde hace más de una década, las autoridades estadounidenses vienen señalando que México es un país más violento e inseguro que el suyo porque la tasa de homicidios dolosos, o asesinatos, por cada cien mil personas es aquí más elevada que allá.
Los números lo confirman. En 1991, por ejemplo, México registró a través de su sistema de salud la ocurrencia de 17.1 homicidios dolosos en el año. En EU fueron sólo 10.5, o sea casi un cuarenta por ciento menos. Aunque en ambos países se han registrado cambios notorios e igualmente favorables, la diferencia continúa. En 2005, nuestro país estaba mejor que su vecino del norte quince años antes: la tasa de homicidios por cien mil personas había llegado a 9.2. Sólo que en EU había bajado a 5.6, por lo que la diferencia del 40 por ciento continuaba. Éramos, sin duda, más violentos.
Sólo que ¿era cierta esta afirmación? Regla general en todo el mundo y confirmada y reconfirmada desde hace poco menos de dos siglos, es que el homicidio y el suicidio forman parte de un mismo conjunto, de tal manera que cuando uno disminuye, el otro aumenta. Si en lugar de considerar sólo a uno -el homicidio-, se toma en cuenta a los dos, se tendrá una noción más precisa del monto del carácter violento de un país.
Al aplicar estos criterios a Estados Unidos, resulta que en el 2005 su población padeció a manos propias o ajenas 16.6 casos de violencia letal. Nuestro país, en cambio, sólo tuvo 12.6. La diferencia a nuestro favor existía ya quince años atrás, en 1991, cuando notros tuvimos, en total 19.2 sucesos de violencia letal por cada cien mil personas, Estados Unidos registró 22.7. La diferencia se debe, por supuesto, al hecho de que tienen muchos suicidios más que nosotros.
Suicidio y homicidio
Dije hace unas líneas que entre el suicidio y el homicidio priva una extraña relación, de tal manera que cuando uno sube, el otro baja. En el caso de nuestro país el fenómeno resulta muy evidente. En 1991 mil 826 personas se quitaron la vida en México. El año antepasado, 2005, la cifra se había duplicado o poco menos: los suicidas sumaron 3 mil 553. El homicidio doloso, en cambio, disminuyó en 34.0 por ciento. Si en 1991 nada menos que 14 mil 907 personas murieron a manos de otra, en el 2005 fueron ya sólo 9 mil 843.
La disminución en el homicidio, con el consecuente aumento en el suicidio, no fue exclusiva de nuestro país. Así en Colombia los homicidios dolosos bajaron de 58.2 por cada cien mil habitantes a 39.3 de 1991 a 2005. Los suicidios subieron de 3.1 a 4.2. En general la violencia letal mostró un claro descenso, ya que bajó de 61.2 en 1991 a 43.3 en 2005.
Al manejar la violencia letal en conjunto, o sea sumando a los del asesinato los datos del suicidio, se tiene otra medida que es muy útil para determinar el grado de avance de un país: la proporción que las muertes violentas representan del total de las defunciones. En 1991, por ejemplo, 4.1 personas de cada cien que fallecieron ese año lo hicieron de manera violenta. En el 2005 ya sólo 2.7 de cada cien sufrieron ese destino.
Sería injusto no destacar que en el universo de la delincuencia no todo son malas noticias. Aunque puede discutirse si es preferible que una persona se prive de la vida a que mate a otra, no puede negarse que es una buena nueva que las muertes violentas representen año con año una proporción menor del total de las defunciones. Añado una nota de cautela: el fenómeno no es atribuible a las autoridades. Sus acciones tienen tan poca influencia sobre los suicidas, como sobre quienes matan a alguien deliberadamente.
Publicado en La ciudad y el crimen del diario Reforma. 26 de febrero de 2007






