Relato del sobreviviente
Luis de la Barreda Solórzano
El relato del sobreviviente de la masacre del rancho de San Fernando, en Tamaulipas, produce horror. Creo que aun tratándose de criminales hay una frontera espiritual de humanidad que al traspasarse coloca a quien la cruza en un terreno infrahumano. ¿Cómo puede una persona disparar contra decenas de hombres y mujeres indefensos que no le han inferido ofensa alguna?
Se me dirá que en qué mundo vivo, que eso en nuestro país está ocurriendo con frecuencia y hay que acostumbrarse. Respondo que si nos acostumbramos a esa barbarie habremos perdido irremisiblemente la parte más importante de la batalla: habremos perdido el alma.
Ese horror va acompañado de asombro y perplejidad. Es asombroso que una bala haya atravesado el cuello y salido por la boca del sobreviviente, y que éste haya logrado engañar a los asesinos al fingirse muerto, y así salvar su vida. Es un milagro: un acontecimiento prodigioso e inaudito. Ese muchacho no puede sino estar protegido por todos los dioses, o al menos por una diosa que en ocasiones nos concede lo improbable: la Fortuna.
La perplejidad surge de fragmentos de la narración incomprensibles, inexplicables o increíbles. A todos los masacrados se amarró de manos y pies previamente a que se abriera fuego contra ellos. ¿Cómo pudo ese joven desatarse mientras la sangre y la fuerza vital se le escapaban por el orificio en el cuello? Y después, ¿cómo pudo caminar 20 kilómetros —¿o leí mal?—, si se le estaba yendo la vida, para encontrar a los marinos que lo auxiliaron?
No es todo. Los asesinos querían un rescate por sus cautivos. Mantenerlos vivos y ofrecer a los familiares pruebas de que vivían ayudaba a obtener el pago. Entonces, ¿para qué asesinarlos?
Narró el sobreviviente que la matanza fue en represalia porque los secuestrados se negaron a ser sicarios, condición que imponían los secuestradores para dejarlos con vida. Los plagiados eran más de 70 y todos fueron baleados. ¿Todos habían respondido que no? Entiendo que hay seres humanos de primera calidad ética que prefieren ser asesinados que convertirse en asesinos. Lo entiendo, lo admiro y lo celebro. ¿Pero en un grupo de más de 70 todos sin excepción tenían esa solidez moral? Y aun teniéndola, ante la inminencia de que se les masacraría, ¿no podían decir, sólo con el afán angustioso de evitar la muerte, que aceptaban —aunque en el fondo de su corazón hubieran decidido no acceder a esa monstruosidad— para después tratar de escapar a la macabra misión a la que se les quería obligar?
Horror, asombro, perplejidades. Y amargura de seguir constatando que la brutal violencia que ensombrece regiones del nuestro país se cobra cada vez más víctimas inocentes, va in crescendo, está destrozando en esas regiones la convivencia civilizada y goza casi absolutamente de impunidad.
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Artículo publicado en el periódico La razón de México el viernes 3 de septiembre de 2010.





